Sobrevivo la cuarentena abrazada a Ziggy Stardust. Sus visitas son tan inesperadas como el color de su cabello. Suele entrar a mi habitación usando botas y pantalones de cuero; me mira por largas horas hasta que decide tirarse al suelo y hablar conmigo acerca de “Lady Grinning Soul”. En su presencia me encuentro tranquila, no pienso en nada que no provenga de las estrellas, de aquel infinito que sueño con llevar en el ombligo.
Gracias a mi extraterrestre preferido comprendo la falacia de lo “normal”. En las redes sociales la gente publica interminables comentarios sobre su desesperación por regresar al tiempo precuarentena. Algunos aseguran estar dispuestos a sacrificarlo todo con tal de volver al mundo como era antes de la pandemia. Alguien debería informales que es imposible: ellos mismos serán distintos al salir nuevamente a las calles.
Por mi parte, no quiero su normalidad, no deseo tornar a un lugar sin espacio para mí. No me interesa un orbe donde las disidencias sean aplastadas y la diferencia se traduzca en sangre. He tenido suficiente. ¿La normalidad para quiénes? Para unos cuantos. El resto estamos fuera; vivimos en el borde, en lo fronterizo, en el territorio de la no-vida donde la muerte lenta nos espera en cada esquina. Ante nuestras narices se formulan novedosas técnicas de explotación y disciplinamiento, pero también posibilidades para repensar la realidad, para mirar de frente los embustes sobre los cuales se sostienen las hegemonías.
Los noticiarios señalan que el Estado de México es una bomba de tiempo. Vaya mal momento para notarlo. En las periferias es bien sabido que hay muchos otros peligros silenciados, porque sus consecuencias son las muertes de individuos fuera de los radares del poder. Sayak Valencia apunta que la actual catástrofe se convirtió en pandemia cuando los europeos se contagiaron. Existen cuerpos que más vale desechar: es más barato desaparecerlos que mantenerlos vivos, por eso la mano acariciadora es la encargada de afrontar los problemas que asolan a las poblaciones precarizadas, a los nadies.
El confinamiento, además de romper la adorada normalidad, se encargó de afinar los últimos acabados para el futuro totalmente virtual, la descorporización y el entumecimiento del deseo. La sociedad posthumanista vaticinada por Peter Sloterdijk ya no es ciencia ficción. Al contrario, es más palpable que nunca.
Queda preguntar qué será de mi cuerpo cuando deje de ser un cuerpo… De pronto lo corporal y su motricidad son perjudiciales: la circulación es riesgosa, lo seguro radica en la quietud, en el eterno encierro lejos de los paisajes del miedo que habitan en lo otro. Se reniega del movimiento y de lo ajeno en pos de la salud. La inmovilidad es sinónimo de salvación y me temo que lo siga siendo después de la cuarentena.
La situación actual es inesperada, me veo en ella como una niña perdida en los confines de una gruta. Sólo distingo sombras. La enfermedad me dice que el adiós es lo único permanente. Afortunadamente, Ziggy sostiene mi mano.
2_34000.com.mx
Creo que la computadora viene a sustituir lo que un tiempo fue mi inconsciente como campo de investigación.
Mario Levrero
La vida se virtualiza. La PC consume al consumidor. El coronavirus trajo consigo el reinado de las plataformas. Los individuos de clase alta y media se transfiguran en appciudadanos; la existencia sucede a través del monitor, el trabajo en casa se extiende como una alternativa de explotación eficiente, la convivencia se esteriliza gracias a Zoom y TikTok. Cuando el otro es sinónimo de contagio, el refugio admisible está en la asepsia del celular.
Néstor García Canclini (2020) piensa que “la desciudadanización —o sea, la pérdida de derechos de los ciudadanos— viene ocurriendo desde que la videopolítica trasladó la formación de la opinión pública de las plazas y las calles a las pantallas. (…) Todo esto se acentuó en la pandemia, pero con un reordenamiento sorprendente en las interacciones entre Estados, empresas y ciudadanos. Entre instituciones y aplicaciones”. Su afirmación me resulta punzante, aunque también me lleva a pensar que el ciudadano tradicional atraviesa por una trasmutación positiva para los dueños del capital. El habitante de la virtualidad, sujeto a las normas digitales de convivencia, se reinventa en algoritmos; pasa los días envuelto en ficciones democráticas que supuestamente apelan a las libertades y los derechos, pero que en el fondo anhelan la homogenización y el fin de la persona. Por eso, en un mal intento por reírme de la tragedia, opto por llamarnos appciudadanos.
“Life on Mars”, de David Bowie, contiene la expresión correcta para el momento que vivimos: It’s the freakiest show. La paranoia por el futuro nos traspasa y deja solamente preguntas. Las respuestas concretas todavía no existen, aunque filósofos como Byung-Chul Han ya se habían encargado de escribir los libros que nos ayudarán a vislumbrar las fisuras. Por ejemplo, el término psicopolítica atribuido a Han concede varias pistas para reflexionar sobre la cultura online: “(la psicopolítica) es un conocimiento de dominación que permite intervenir en la psique y condicionarla a un nivel prerreflexivo”, según explica Sayak Valencia (2018).
Han destaca que el poder inteligente de la psicopolítica es capaz de generar representaciones gráficas del inconsciente, sirviéndose de las interacciones de la gente con la web. Esta forma contemporánea de control es amable; anima la expresión de opiniones, deseos y preferencias para intervenir la psique y adquirir un conocimiento profundo de las dinámicas sociales. En uno de sus muy manoseados libros, el teórico deja claro que “la psicopolítica digital transforma la negatividad de la decisión libre en la positividad de un estado de cosas. La persona misma se positiviza en cosa, que es cuantificable, mensurable y controlable. El big data anuncia el fin de la persona y de la voluntad libre” (2014).
Es claro, Facebook nos conoce mejor que nuestros terapeutas o que nosotros mismos. La facilidad con la que los dispositivos tecnológicos nos vigilan radica en su ubicuidad: suelen acompañarnos cotidianamente, son camaradas inseparables. Asusta cuando se piensa en algo e inmediatamente Google anuncia aquello que en silencio ocupó nuestra mente. Resulta vergonzoso reconocernos predecibles, fáciles de manipular; sin darnos cuenta, el big data opera nuestro deseo.
Con la pandemia se asiste a una transmisión en tiempo real de la vida: afuera el peligro no cesa, el enemigo no se rinde. Dentro, con la protección de Netflix y el wifi, todo marcha en orden. Nuestras barreras digitales nos abrazan, prometen salud, hablan con la voz del amo que convence a los esclavos de no escapar aun cuando la cuarentena termine. Los mass media inyectan miedo para mantenernos en la caverna, además propician el trayecto hacia el desvanecimiento del cuerpo orgánico. Uno de los modelos más extremos de la Matrix lo tiene China, no solamente por su imperio tecnológico de vigilancia extrema, sino también por las medidas drásticas que han tomado para defenderse del coronavirus —que incluye desalojar de sus hogares a quienes dan positivo a las pruebas de antígenos—; irónicamente, muchas voces latinoamericanas ansían las mismas medidas restrictivas del país oriental. La estrategia de control es eficiente cuando el penado pide sus grilletes.
El dominio geodigital adiestra los cuerpos de los appciudadanos, divide a las colectividades y ahonda la precarización. Aquellos en situación de pobreza y sin acceso a internet son lanzados al margen, sometidos a la no-existencia. No todos los cuerpos son mimados: la mayoría son dejados a su suerte. La vulnerabilidad, la miseria y la muerte se distribuyen de manera estratégica.
La filósofa mexicana Sayak Valencia rasga la herida en una entrevista dada a Lola Fernández (2017): “Volveremos a la Edad Media, cuando los ricos vivían dentro de las murallas y los pobres solo entraban para trabajar: vivían y morían fuera de ellas. Entramos en un momento no solo neofeudal y neocolonial sino glotaritario”. Pues sí, los castillos tecnológicos pelean contra el virus, las calles de Polanco se sanitizan con drones mientras algunas comunidades enfrentan al covid-19 sin agua potable.
En su texto “Psicopolítica, celebrity culture y régimen live en la era de Trump”, Valencia (2018) subraya que es obvio el desplazamiento corporal a merced de la digitalización, más en sociedades excoloniales “donde los cuerpos son aún importantes como máquinas de trabajo físico… confluyen, de manera escalonada, distintas técnicas de gobierno necro, bio y psicopolítico”. Y es que en lugares como México sería ingenuo afirmar que el control ya no se da mediante coacciones físicas. El suplicio es cosmetizado diariamente para mediatizarse. La exhibición del cuerpo destazado de Ingrid Escamilla, por mencionar un caso reciente, evidenció un patrón para hipernormalizar la violencia contra los cuerpos de las mujeres y usar el terror infundido en la población como un eficiente instrumento de mando.
Vivimos en el país de las fosas clandestinas, donde la necropolítica nos recuerda constantemente su presencia. En las tierras mexicanas, los hijos del Chapo Guzmán imponen cuarentena. El narco no descansa en la pandemia. A la guerra contra el coronavirus se agregan las otras luchas encarnizadas que nos mantienen en un duelo perpetuo. Ashes to ashes. Entre el miedo, el encierro y la TV cuesta trabajo entender hacia dónde van los pasos propios. Los nudos están por todas partes; penetran en los ojos, arrancan la lucidez, heredan la fiebre. Es difícil imaginar lo que viene cuando no sabemos sobre qué estamos parados.
3-app.docx
Pareciera que, en su papel de mejor amigo, el smartphone sustituyó a mi perro. Mi amor desmedido por Instagram me muestra nuevamente el distrito de los appciudadanos; las apps me trasladan a espacios impredecibles y vacíos de historia. Entonces me pregunto: ¿Cuáles son los relatos que perforan al espacio digital? Creo que Marc Augé (1992) y su reconocido “no-lugar” tienen las claves para reflexionar en torno a los territorios que ofrecen las tecnologías. El antropólogo asegura que “un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico, definirá un no lugar”. Por lo tanto, los no-lugares no tienen fronteras, no generan geografías íntimas y además en estos emplazamientos los individuos transitan en el anonimato; el encuentro con el otro es efímero, superficial. Augé (1992) argumenta que “este mundo de pantallas en el que vivimos es una generalización del no-lugar absoluto y de la no-relación”.
Los appciudadanos cruzan por la virtualidad en estado de viajeros, sin raíces sólidas que los lleven a desarrollar una narración en un espacio concreto. Por supuesto que la desterritorialización y la descorporización del mundo digitalizado provoca fuertes sentimientos de soledad: mientras lo online parece activo y acompañado, lo offline anuncia un desamparo cada vez más insoportable. Es el precio de la levedad.
Marc Augé también señala que el lugar y el no-lugar son polaridades falsas: el primero nunca es borrado completamente y el segundo tampoco se cumple en su totalidad. Eso significa que si bien internet es una máquina productora de no-lugares, igualmente es posible que los cibernautas se reapropien de los espacios digitales para gestar conexiones fuertes y relaciones asentadas en el afecto. La virtualidad es un lugar y un no-lugar al mismo tiempo.
En este punto cambiaría mi primera interrogante por la siguiente: ¿Cuáles son los relatos que queremos escribir en los nuevos espacios? Es un cuestionamiento imperativo para el momento actual; el coronavirus recluyó en sus hogares a muchísima gente, en consecuencia, los no-lugares del internet triunfaron como los reyes de la desgracia. Se volvió evidente que el trabajo en casa es una gran alternativa de explotación y de control: los oficinistas se mantienen inmóviles, atareados en su cotidianidad y desligados del exterior. ¡La utopía de la sociedad disciplinaria! El capitalismo digital es un arma vigorosa para crear cuerpos dóciles, buenos ciudadanos o, mejor dicho, appciudadanos bien portados, silenciosos, asustados e inmersos en las “verdades” producidas por los medios de comunicación. Lo mejor de esta táctica es que la gente se percata de la comodidad obsequiada por el encierro. El exterior duele.
En la pandemia, las aplicaciones ya no vigilan sutilmente, su capacidad de control se presenta como un camino ambicionado para limitar a ese otro que es sinónimo de contagio, de muerte. La pensadora Ariadna Estévez (2020) afirma que está en marcha una microeconomía del encierro a la que ha llamado zoomismo; en síntesis, habla de “el extractivismo minero para la industria digital y el biotrabajo para la producción del big data”. Si el oficinista no se mueve será más productivo y manipulable. Además, al exigir cuerpos desinfectados, se completa la robotización de las relaciones sociales: lo orgánico siempre tendrá consigo la amenaza de infección. El plástico y el metal son las opciones confiables.
Estévez alerta sobre el uso del autoencierro para eliminar la comunidad y la resistencia. El zoomismo, el capitalismo de plataformas, el desinterés por quienes nos rodean y el miedo son los ingredientes necesarios para borrar del mapa a los individuos incómodos, para que las inequidades sean todavía más insuperables y para terminar de amaestrarnos.
Es importante entender que la ciencia y la tecnología no son perjudiciales per se, el problema es cómo se usan y con qué fines. Las posibilidades son amplias, pero la menos favorecedora avanza rápido. El disparo de salida ya sonó, ¿lo escuchaste?
4.69. HTML
Lxs he visto grabarse los genitales y perderse en la web y en las
redes asiáticas y rusas de imágenes de genitales
de mi generación perdida en la web,
siendo-la web.
Myriam Hache
También he visto a las mejores mentes de mi generación desintegrarse en páginas pornográficas, desechar cuerpos como si fueran chatarra, pudrirse entre las envolturas de McDonald’s. Los he visto inhalando cocaína en los parques, hechizados por el crack, extraviados en alcohol cuando el lastre de sus mentes los hunde. Nos he visto enajenados por los programas de MTV, odiando a los viejos, amando lo vintage, creyendo que siempre tenemos razón porque nuestra soberbia es tan infinita como la basura que producimos. Les he visto escribir notas de suicidio en Facebook, grabar asesinatos para conseguir likes, pronunciarse a favor del genocidio cuando la piel negra les parece ofensiva. Las he visto soportar amenazas cuando el silencio se raja, denunciar a sus violadores en internet, cargadas de aliento, con los vientres verdes y una flor púrpura en los labios. Lxs he visto a elles, vagabundxs del esmog, prisionerxs de la espiritualidad sintética, adictxs al bisturí y a los efluvios diabéticos sabor Coca-Cola. Nos he visto pronunciar contra la explotación mientras usamos prendas maquiladas por niños esclavizados en Afganistán, marchar en pro de la diversidad mientras despreciamos a los cuerpos periféricos, quejarnos de no tener el nuevo iPhone mientras alguna mujer en alguna parte es destazada por su esposo, sentirnos desesperadas mientras compartimos memes, sabernos tullidas, con el alma cercenada, mientras subimos historias divertidísimas a Instagram. He visto a las mejores mentes de mi generación angustiadas, medicadas para tratar de vencer la depresión, la ansiedad, el trastorno límite de la personalidad, los trastornos alimenticios, las ganas de morirse. Cyborgs ultravioletas con el futuro fracturado, les he visto caer en la web, fingirse avatares virtuales porque no soportan su realidad.
es.5.org
Me siento ansiosa al pensar en el futuro. Estoy asustada. It ain’t easy to get to heaven when you’re going down. El paisaje no luce alentador y Naomi Klein nos recuerda que, en tanto temblamos frente al coronavirus, los gobiernos y las transnacionales probablemente ya se están dividiendo las rebanadas de la gran tarta horneada a costa del sufrimiento ajeno. Así funciona nuestra máquina de muerte.
Klein (2008) define el capitalismo del desastre como “la forma en la que las industrias privadas dan un paso al frente para beneficiarse directamente de las crisis a gran escala”. Es fácil vislumbrar que las empresas farmacéuticas y tecnológicas obtendrán la mejor tajada de esta pandemia. El momento actual es perfecto para gestionar el virus en pro de algunos grupos selectos.
Cuando la vorágine llega, las personas suelen entregarle su vida al Estado. Mala decisión. El distraimiento ocasionado por la conmoción colectiva es usado para poner en marcha políticas radicales que generalmente causarían escándalo en la población, para edificar una sociedad modélica y para que las personas acepten sumisas una vigilancia agresiva. Naomi Klein (2008) cree que el covid-19 es un shock que se empleará para enriquecer a las élites: “en esos períodos maleables, cuando no tenemos un norte psicológico… los artistas de lo real sumergen sus manos en la materia dócil y dan principio a su labor de remodelación del mundo”.
Hemos sido testigos de cómo se da rienda suelta al odio y al terror con tal de tener bien encadenados los cuerpos. Ya son conocidas las versiones de médicos que reniegan de los protocolos de la Organización Mundial de la Salud, pues afirman que éstos empeoran a los enfermos y provocan un horror innecesario. Está claro que el coronavirus existe, que se deben tomar medidas precautorias, pero también es obvio que detrás del virus se esconden muchos intereses. Las cifras se siguen inflando y el miedo se disemina a propósito.
El trauma es común, total. Cada día se nos recuerda que el prójimo es peligroso. La inminencia de la muerte aparece con toda su crueldad y la maleabilidad de la población aumenta. Giorgio Agamben (2020) asevera que “ante el peligro de caer enfermos. La nuda vida —y el miedo a perderla— no es algo que una a los hombres, sino que los ciega y los separa”.
En las redes sociales, los appciudadanos se llenan de orgullo al desearle la muerte a quienes salen de casa, en las calles se violenta al personal médico, se asesinan murciélagos, se mira con asco a los extranjeros. El rechazo a los demás y el temor a lo orgánico nos dirigen al territorio de los cuerpos robóticos, siempre productivos, rediseñados para no enfermarse ni fallar. El posthumano obediente y homogenizado asoma las narices por las paredes de yeso. La gente aplaude.
La fantasía contemporánea consiste en creer que si el cuerpo no
puede ser abandonado, por lo menos puede fusionarse con
elementos de la cultura electrónica.
Margaret Morse
Somos frágiles, vulnerables e imperfectos, por eso el objetivo es fabricar a nuestro sucesor en la cadena evolutiva. La angustia provocada por la pandemia, el shock, la ansiedad y la finitud en la dermis evidencian que necesitamos refacciones para sobrevivir las catástrofes. Bienvenida la eternidad. Nunca más esos animales en caída suspendida. Jamás la vejez. El futuro habla de juventud, renovación y salud. El escritor Naief Yehya manifiesta que el mañana estará poblado por cyborgs programados para dos cosas: el consumo y la producción. Sin emociones. Sin errores. In the fake plastic earth.
Yehya (2017) advierte que “si nos interesa la supervivencia de la especie más allá de la destrucción de la Tierra por alguna tragedia cósmica, la mejor opción no es modificar el cuerpo existente, sino trasplantar el cerebro a un cuerpo más resistente o, mejor aún, mudar la mente fuera del cerebro, hacerla volátil y etérea”. No suena tan descabellado, ¿cierto? Aunque, claro, hace falta leer las letras pequeñas: la mayoría no tendremos acceso a esas “mejoras”, seremos d e s c a r t a d o s.
Sixsixsix
La corporalidad desnuda ante la caricia abyecta del metal.
Fabián Giménez Gatto
Hay una certeza en el aire: el pellejo es infección. La pandemia es veloz al confeccionar el puente hacia la nueva carne que, en palabras de Yehya, se refiere a la creación de una novedosa especie que implicará la ruptura de las tradiciones, los tabús, lo viejo, la biología y la evolución. Conoceremos al moderno Prometeo del coronavirus, al que robará el secreto fuego de la vida y la muerte usando un cubrebocas de Gucci.
El porvenir posthumanista modificará la pornografía y el erotismo. En un primer momento, el asco causado por el cuerpo biológico desplazará las funciones genitales a los aparatos tecnológicos; nada sorprendente en los tiempos del cibersexo, las “líneas calientes” y los packs. No obstante, el voyerismo de la nueva carne romperá todo límite conocido.
Philip K. Dick, en su libro Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, imaginó una “red transex” que conectaba electrónicamente los miembros sexuales de las personas y eso las llevaba a amplificar sus sensaciones eróticas. Esta red era adictiva y podía conducir a la muerte. El mundo ficticio de Dick no está muy lejos del ciberporno y las robots sexuales. Estas formas de vivir el erotismo resurgen como una opción sanitaria que protege del contagio. Además, son otra oportunidad para vigilar y controlar los deseos.
La pesadilla de la carne es real. La pandemia hiperdesarrolla lo que Miquel Ángel Torres Ruiz califica como las “geografías del asco”, es decir, la repulsión por la vagina, el pene y sus secreciones a causa de su potencial contaminante.
Se ansiarán con más fuerzas cuerpos desinfectados, puros, sin vellos, sin olores y esto sólo será posible en los androides y los niños. El aumento en el consumo de pornografía infantil es un aviso de ello. La sexualidad posthumanista navegará en el territorio de la extrema mirada pornográfica gestionada por la virtualidad y la exacerbación de la pedofilia.
Torrez Ruiz (2022) piensa que la pornografía del futuro estará constituida por la pedomímesis y la pederastia: “en el primer caso mujeres adultas son caracterizadas con signos corporales, gestuales y contextuales para representar niñas y adolescentes. Genitales afeitados, caderas estrechas y todo un fetichismo de ropa infantil, se esfuerzan por cumplir la fantasía del sexo no reproductivo. En el segundo caso, niñas reales son captadas por la cámara en actos sexuales explícitos… La intención común de ambas: evitar el simbolismo de la proliferación de la vida que suponen pelos, fluidos corporales y signos de madurez sexual”.
Si existen dispositivos electrónicos para besar a larga distancia, ¿por qué no se crearían tecnologías parecidas para tener sexo? Creo que poco a poco los procesos de seducción y satisfacción se inclinarán por la limpieza, lejos de las bacterias. El trauma de la pandemia ha llagado hondo a mucha gente. Lo antibiótico se volverá sensual. Éste será el camino de los appciudadanos, quienes al mantenerse todo el tiempo en línea, y probablemente interconectados a otras mentes, conseguirán enlazarse sexualmente con avatares inmersos en realidades menos apocalípticas o aburridas que la verdadera. Como bien lo señala Sayak Valencia, pasaremos de lo vivo a lo en vivo, de lo offline al absolutismo online.
Keep your ‘lectric eye on me, babe, put your ray gun to my head, press your space face close to mine, love… Alucínate en una fantasía sexual en la web. Nuestro goce es codificado en una computadora, el big data nos muestra el timbre exacto de un gemido. Nos sumergimos en un bucle masturbatorio. Dicen que los orgasmos serán infinitos. Quizás sea mejor la posibilidad de pudrirnos, de enfermar, de morir. No lo sé. ¿Algún día seremos androides añorando volver a las imperfecciones de nuestra carne?
007
Durante la cuarentena evoco rostros, el rozar de una piel conocida, el timbre de la risa amiga, la viscosidad de un beso. Doy vueltas en mi habitación como si el vértigo tuviera la capacidad de borrar mi vacío. No encuentro ninguna respuesta. Cargo con mis muertos; en este encierro me pesan como nunca. Reconozco mis enfermedades. Acepto mis adicciones, mi maldad. Miro mi reflejo, aunque duela. Soy una masa de patologías, de rabia, de goce, de movimiento. Escucho una y otra vez The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars. Fantaseo que Ziggy me visita y hablamos. Navego en la web. Estoy hecha de retazos, por eso relato desde el caos. No hay orden. Mis extremos siempre se tocan. Últimamente pienso demasiado en la fe y la desesperanza. Siempre he creído en el potencial liberador de la ciencia y la tecnología, si decidimos acercarnos a ellas y usarlas en favor de lo colectivo. Siempre he creído en los monstruos biopolíticos que trastornan los moldes, en Donna Haraway acompañada de sus cyborgs capaces de aullar a la media noche. Siempre he creído en las certezas de las locas, en la lumbre periférica, en la poesía de las marginadas, en la cadencia prieta, en la convulsión de las disidencias. Siempre he creído en quienes a pesar del confinamiento salen a protestar contra la violencia racista y feminicida. Sé que soy ingenua al navegar contra la cicatriz que me atraviesa el cuerpo. A veces me es imposible vencer el horror, la desconfianza, la angustia que me invade cuando un desconocido se me acerca. Me da asco mirar las noticias. Sufro de insomnio. Tiemblo. Lloro todos los días. Y, sin embargo, sigo aquí, escribo, grito, pateo, creo… Lo confieso: la vida no es lo que me contaron. Yo no soy la que me dijeron. El agua cambiante dentro de mí lo sabe. Soy limítrofe. Confío, pero también tengo mucho miedo y miles de dudas. El virus no me anula. Encaro mi finitud. Crezco como un cyborg de piernas magulladas. Mi identidad se pierde en la información de mi laptop. No future, honey bunny. Se avecina la llegada de más crueldad y dolor. Aguanta. Nombra. La tierra se agita. Afortunadamente Ziggy sostiene mi mano, otra vez.
Obras consultadas
Agamben, Giorgio (2020). “Aclaraciones” (traducción de Artillería Inmanente), Comunizar. Consultado en: http://comunizar.com. ar/giorgio-agamben-aclaraciones/
Augé, Marc (1992). Los no lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad (traducción de Margarita Mizraji). Barcelona, España: Gedisa.
Estévez, Ariadna (2020). “El zoomismo y el disciplinamiento para la inmovilidad productive”, Nexos. Consultada en: https:// medioambiente.nexos.com.mx/el-zoomismo-y-el-disciplinamiento-para-la-inmovilidad-productiva/
Fernández, Lola (2017). “Volveremos a la Edad Media, cuando los ricos vivían dentro de las murallas y los pobres solo entraban para trabajar”, Ctxt. Consultado en: https://www.academia. edu/38429109/_Volveremos_a_la_Edad_Media_cuando_los_ ricos_viv%C3%ADan_dentro_de_las_murallas_y_los_pobres_solo_entraban_para_trabajar_
García Canclini, Néstor (2020). “García Canclini: dictadura sanitaria por coronavirus y vigilancia corporativa generalizada”, Equipo de antropología del cuerpo y la performance de la Universidad de Buenos Aires. Consultado en: http://www. antropologiadelcuerpo.com/index.php/publicaciones/reflexiones-en-tiempo-de-aislamiento-social/984-garcia-canclini-la-dictadura-sanitaria-por-el-coronavirus-y-la-vigilancia-corporativa-g
Han, Byung-Chul (2014). Psicopolítica. Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder (traducción de Alfredo Bergés). Barcelona, España: Herder.
Klein, Naomi (2008). La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre (traducción de Isabel Fuentes García, Albino Santos, Remedios Diéguez y Ana Caerols). Buenos Aires, Argentina: Paidós.
Torres Ruiz, Miguel Ángel (2002). “Sexo inorgánico en el ciberespacio: relaciones entre ciencia y pornografía”, Desacatos: Revista de Ciencias Sociales, núm. 9.
Valencia, Sayak (2018). “Psicopolítica, celebrity culture y régimen live en la era de Trump”, Norteamérica, vol. 13, núm. 2. Consultado en: https://www.revistanorteamerica.unam.mx/index.php/ nam/article/view/348
Yehya, Naief (2017). Nuevos entornos, nueva carne. Reconfiguración y personalización tecnológica de la cultura. Guadalajara, México: ITESO. (Cátedra Eusebio Francisco Kino).
El inconveniente de tener cuerpo
Puntos de venta
Pasta blanda:
Sigo aquí
Puntos de venta
Pasta blanda:

