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DRAMA QUEEN – ANAHÍ ZÚÑIGA

Para darle forma al duelo por la partida de Modesta, me dediqué a leer El libro de las lágrimas, de Heather Christle. El título llamó mi atención porque últimamente el llanto puebla todos mis espacios. Sé que quizá parezca una exageración, y ojalá lo fuera. Incluso, inspirada por la obra de Christle, inicié un diario de lágrimas; anoto los días exactos en los que soy pura agua, explico las cosas que desatan mis crisis y también adorno las páginas con divertidos corazones llorosos. Gracias a este ejercicio me di cuenta de que suelo hundirme en el drama por nimiedades, muy rara vez lo hago por las cosas que realmente me afligen. Estoy muy acostumbrada a reprimir mis emociones, tanto que mi cuerpo aprovecha cualquier pretexto para desbordarse. Bien dice Heather que “lo bueno de llorar es que no tienes que elegir un tema”.

          Un ejemplo de ello es mi amiga Yet, quien hace unos días me envió un mensaje para hacerme partícipe de su quebranto. Sintió que la melancolía se la tragaba al evocar a un gran amigo de la preparatoria. En medio de su desesperación, trató de disculparse por estar triste. Entonces me di cuenta, una vez más, de que solemos pedir perdón por llorar. La vida se escabulle mientras nos afanamos en demostrarle al mundo que todo está bien.

          Después de una exploración breve, Yet me confesó que su llanto era una suma de decepciones y estrés acumulados por demasiado tiempo. Un clásico de nuestra época: la precariedad, la violencia y la soledad nos rompen, pero se nos prohíbe detenernos.

          Para mí, encerrarme en el baño de la oficina a chillar es mi acto revolucionario preferido. Me gusta darle rienda suelta a mi melodrama interno en horarios laborales, atrincherada frente a la computadora. Llorar es detenerse, voltear la mirada adentro, caer en la no-producción y recuperar ese espacio de sensibilidad colonizado por el deseo de un ascenso laboral.

 

Al mudarme, anduve por mi nuevo departamento con una sonrisa deslumbrante. Me enorgullecí de mi nuevo empleo, las nuevas actividades y los nuevos vecinos. La novedad anestesió mi sistema. Aunque tuve malos momentos, me mantuve como asceta por dos meses, hasta que fumé marihuana en mi habitación y lloré por casi tres horas, sin pausa, con la mirada clavada en mis manos. Me di la oportunidad de saberme frágil.

          Había estado muy ocupada fingiéndome una persona que no soy, como si me pusiera un candado emocional. En el fondo me aterraba dejarme sentir y luego no levantarme. Estaba sola, mi abuela muerta, mi madre lejos, se me acababa el dinero y no lograba escribir una sola línea de calidad. Me tocaba asumir el papel de mujer fuerte y, por alguna razón estúpida, me convencí de que el sinónimo de autosuficiencia era frialdad.

          Afortunadamente, la cascada llegó para bautizar todos los rincones de mi nuevo hogar, para ayudarme a rearticular mi nombre. Soy esa persona que se deja caer en la cocina con el rostro húmedo, aquella que se muerde los labios en las escenas tristes de las películas, la misma que se queda en casa con los ojos hinchados porque las tardes soleadas le recuerdan a su niñez.

          Ya no tiene sentido negarlo. Negarme.

La otra noche, mi tía Maggy me habló por teléfono. Unas semanas después de que mi abuela se fuera, su esposo murió. Me contó que acudió al centro comercial y mientras miraba los abarrotes, rompió en llanto. Salió del lugar para encerrarse en su coche. Dejó que sus aullidos la vaciaran del dolor. Pataleó y se golpeó mientras los recuerdos la desbordaban. Puedo imaginar la escena: el estacionamiento atestado, los coches inmóviles y de colores perfectamente brillantes, la gente con sus bolsas de plástico y allí, en el borde, una mujer en su auto. Una mujer que grita y se estrella contra el volante. Una mujer que extraña a su esposo, que entiende lo que significa una partida, pero no sabe cómo hacer las compras sin el deseo de morir.

  • Llorar en la cama mientras imagino que tengo el dinero suficiente para estudiar la maestría de mis sueños en Nueva York.
  • Llorar porque extraño mi vieja casa.
  • Llorar por las heridas silenciosas, las que no sé nombrar.
  • Llorar en el transporte público.
  • Llorar porque no sé cómo decir te amo y me aterra que me amen.
  • Llorar sin tregua, embebida en las fisuras que me pueblan.
  • Llorar porque, cuando era niña, me burlaba de las lágrimas de mi mamá.
  • Sólo he visto llorar a mi padre una vez.
  • A veces me gusta imaginar que soy actriz en una obra dramática para sollozar con libertad.
  • Cuando lloro me jalo el cabello, me entierro cosas, rasguño mi cara y luego me quedo quieta, casi perdida.
  • Me siento culpable por estar triste.
  • Me fascina ver mi rostro en el espejo después de una larga sesión de llanto.
  • Algunas personas leen las hojas del té. Yo leo lágrimas.

 

Estoy habituada a fingir demencia cuando la gente se interesa por mi estabilidad emocional. Me incomoda que me vean mientras moqueo, no importa si quien me contempla es alguien íntimo, igual prefiero evitar el estallido a toda costa. Debe ser por eso que mi madre suele quejarse: “Tienes corazón de piedra”. Cuando la oigo decir eso, me duele. Me dan ganas de explicarle que lo intento, que en el secreto de mi habitación me paso las horas sollozando, que quisiera exhibir mis lágrimas sin miedo, pero mis esfuerzos son vanos. Desearía apretar sus hombros y que las palabras salieran: “Yo siento, madre. Siento mucho”. Pero apenas consigo bajar los ojos para concentrarme en el polvo de mis zapatos.

 

Tampoco me gusta que me toquen cuando lloro. En esos momentos soy una masa gelatinosa. Por eso me aparto rápido, sin esconder mis talentos de escapista. En algún texto escribí: “Huir es mi forma de caminar”. Tengo claro que la cobardía es mi rasgo vergonzoso.

Sylvia Plath dijo: “Vacía, en mí resuena el menor de los pasos”. Éste es uno de mis versos preferidos, describe justamente la sensación que me embarga cuando la aflicción aparece.

En mis fases oscuras me siento hueca, con un fondo que no existe de tan abstracto que es, con un cerebro a merced del exterior, incapaz de defenderme. Cualquier gesto muerde. Me vuelvo una mujer exprimida, un cuerpo deshabitado.

 

Alejandra Eme Vázquez explica: “Acostumbrada a elaborar y consolarme en absoluta soledad hasta en los momentos más imposibles, la idea de exponer la vulnerabilidad que me generaba esta pérdida me desconfiguró por completo, porque también era cierto que ya no quería ser aquella que, por ejemplo, superó tantos años de abuso y sus consecuencias a solas, sin redes de apoyo ni fisuras visibles”.

          Tampoco quiero ser así. Estoy cansada de esa mujer, del deseo imposible de verbalizar el dolor a voz plena, en un grito de total desnudez. Estoy harta de autoexiliarme, de ser sostén y no encontrar la forma de ser sostenida. ¿Y si también tengo miedo? ¿Y si ya no puedo cargar con esto? ¿Y si pido ayuda, pero nadie me la da?

 

Antes me despertaba a primera hora para leer las noticias relevantes y por la noche repetía la tarea. Quería ser periodista, por lo que mantenerme informada era uno de mis objetivos primordiales. Me vislumbraba cubriendo un conflicto bélico, con pantalones cargo y una cámara en las manos. De hecho, mi primer empleo fue como reportera en un periódico.

          En ese tiempo me sumí en una de las depresiones más terribles que he vivido. Todos los días leía relatos sobre cabezas anónimas en la carretera, mujeres asesinadas por sus esposos, niñas violadas en la vía pública. Un coctel de brutalidad. Por las noches soñaba con fosas, narcos y gente destazada en mi casa. Comencé a sentir que los extraños en la calle me perseguían. Descendí a un estado de nerviosismo preocupante.

          Y estaba el llanto. Un llanto amargo y constante por personas desconocidas. Cada asesinato lo sentía personal, como si el hombre secuestrado del que hablaban en primera plana fuera mi padre.

          Pronto caí en cuenta de cómo salvar mi pellejo: dejé de leer el periódico por un tiempo y abandoné mi sueño de ser corresponsal de guerra. Entendí que la empatía es una barranca peligrosa si no se sabe manejar.

          Todavía no sé explorar con cautela esos territorios. Debe ser por eso que, cuando cometo la bravura de sumergirme en alguna nota periodística sobre un hecho trágico, termino bajo una tumba de Kleenex. Parafraseando a Truman Capote: cuando Dios te da la empatía, también te da un látigo.

 

Ante tantas muertes, imagino una manifestación con cientos de personas que se reúnen para llorar, sin palabras ni caminatas, únicamente el llanto arrítmico. Llorar masivamente por los feminicidios, la pobreza y el sadismo genocida que nos rodea. No existiría un acto más arrollador que un cúmulo de ciudadanos genuinamente reunidos para llorar. El gimoteo como un instrumento para fisurar el sistema.

          Sería una manifestación llorosa, un acompañamiento radical.

 

En Querétaro se celebra el Concurso Nacional de Plañideras. Desde 2005, un montón de mujeres se dan cita en el municipio de San Juan del Río para esta curiosa fiesta. Las participantes se engalanan con prendas negras y velos de encaje. En 2020, debido a la pandemia, el evento fue en línea. Incluso el llanto se adapta a la era digital.

          Las reglas eran claras: “Mujeres mayores de 18 años, de cualquier lugar de México, plañideras de oficio, actrices o quienes se sientan capaces de llorar con veracidad podrán participar enviando la interpretación de su duelo en un video de máximo dos minutos”. Está claro que lo de hoy es verter lágrimas en los espacios virtuales; en las redes sociales abundan los tiktoks de personas que se graban en pleno éxtasis melodramático. Un agasajo para quienes andamos en búsqueda de nuestro centro sensible.

          Estas personas son las plañideras de la nueva época, convierten las apps en lugares dignos de toda clase de arrebato emocional. Antes, las especialistas del llanto cobraban por ir a los velorios y deshacerse en quejidos espectrales. Ahora, los influencers reciben grandes sumas de atención y dinero por prender su cámara y derramar un par de lágrimas en nombre de cualquier situación.

          Se dice que las plañideras se remontan al antiguo Egipto, donde las yerit asistían a los funerales con vestidos azules y los brazos siempre elevados hacia el cielo. Para esta civilización el azul era el color del universo, lo usaron en la mayoría de sus sarcófagos.

          Me parece que las plañideras muestran la necesidad de vivir el duelo por medio de otros cuerpos. El dolor es ruidoso, incómodo de mirar y de sentir; implica poner en evidencia la propia fragilidad. Todas las reglas del buen comportamiento se desbarrancan si la tristeza ataca.

          En la secundaria, una de las niñas populares del salón se tiró al suelo porque su novio la abandonó. Fue un espectáculo siniestro. Ella solía contonearse con sutileza, hablaba sin groserías y se pintaba los labios de un rosa tenue, pero aquel día todo eso se desvaneció. Tenía la cara hinchada y se limpiaba los mocos con la manga del suéter.

          Pienso en mi papá, quien se molesta cuando alguien expresa su agonía abiertamente. La mamá de Carlos, mi novio, asegura que “la gente no tiene por qué enterarse de lo que a una le pasa”. Todos los días se nos recuerda que el suplicio es una cosa individual; quizá por eso pagamos por ver llorar a otras personas, de esa forma nos damos la oportunidad de experimentar nuestro tormento en los resoplidos ajenos; o tal vez se trata de una estrategia para evitar la pena y así dejar que un extraño absorba la responsabilidad de nuestro duelo.

          Chillar es un acto sucio, desgarbado y poco admirable, tanto así que en Tokio existen “habitaciones del llanto”. Estos refugios son ofrecidos por hoteles que eligen películas cursis para que sus huéspedes no batallen con el llanto. Lugares así son posibles porque es un tabú expresar los sentimientos, por eso la gente se ve en la necesidad de gastar hasta 148 dólares para entrar al país de la sensiblería. Para mí, escribir este libro equivale a construirme una holgada habitación del llanto.

          Pienso en la película de Blade Runner, en la que se habla de una máquina que crea las emociones de quienes ya no pueden sentir por sí mismos. Imagino que pronto ofrecerán artefactos similares en Walmart o fabricarán lágrimas a granel. En un mundo de individuos como yo, con terror a su propia vulnerabilidad, no hay nada mejor que vender un espejito mágico en el que podamos ver reflejado nuestro sufrimiento, sin nublarnos los ojos ni provocar chismes: ante todo la entereza, la imbécil reputación de ser piedra.

 

Cuando mi abuela aún estaba viva, aunque en estado vegetal, escribí en mi diario acerca de las lágrimas:

 

22 de marzo

Me dijeron que mi abuela no despertó hoy. Miré su cara de cerquita: sus ojos estaban apretados y alrededor tenía una capa traslúcida; me imaginé que era miel reseca. Quise creer que por las noches hidrata sus llagas. Lo cierto es que ya ni siquiera puede hablar, tampoco levanta sus cejas para sonreírme como lo hacía antes. Es obvio que no se escapa en las madrugadas para hacer realidad las aventuras surrealistas que me invento. Me pregunto si llora en su inconsciencia, si en sus adentros se lamenta porque no es capaz de regar sus plantas, aquellos seres verdosos que se mueren igual que ella.

          La otra noche cuidé a Mati, el bebé de mi prima. Le dio un ataque de rabia y explotó por media hora, aunque le puse su canción favorita, “La vaca Lola”. Me dio envidia la soltura que lleva consigo para chillar. Aunque Mati se cansó del berrinche y se durmió, de vez en cuando soltaba leves gemidos. Entonces supe que no se queda con nada, todo lo deja salir. La contención no existe en su lenguaje. Qué linda forma de existir, a lágrima viva. Mientras lo observaba pensé que tal vez eso pasa con mi abuela, como su cuerpo físico no tiene aliento, se dedica a llorar en sus sueños, igual que Mati. Quién sabe, tal vez se reúnen bajo el mismo árbol para acompañarse: abuela y nieto en lo onírico de un gimoteo compartido. Creo que por eso todas las mañanas los ojos de Modesta están húmedos: es el rocío de los cuerpos dolientes. Una escarcha de miel y cansancio.

 

Subí a Instagram una historia en la cual les pregunté a mis contactos: “¿Cuál es la razón más extraña por la que han llorado?”. Las respuestas fueron variadas e ilustrativas, por eso decidí agruparlas en un breviario de razones para llorar:

 

  • Por cansancio físico.
  • Por extrañar a alguien a la hora de masturbarme.
  • Hace unos días en la selva estaba lloviendo y dos patos se resguardaron bajo un árbol.
  • Por reírme de algo y de la nada recordar otra cosa triste.
  • Cuando cumplí 23, lloré con las mañanitas de Cepillín.
  • Imaginarme que conozco a mi cantante favorito.
  • Alguna vez tenía tanto estrés, que lloré porque no me acordaba de cómo se escribía una palabra.
  • Porque vi King Kong y lo matan.
  • Maté a una mosca sin querer queriendo.
  • Porque odio mi trabajo.
  • Una vez vi un stand up y estuvo tan chido que me conmovió mucho y lloré.
  • Al ser consciente de la amargura de mis ancestras en mi cuerpa.
  • Cuando era niña me puse a llorar porque iban a cortar los árboles de mi casa y los pájaros se quedarían sin su nido.
  • Por pisar un caracol.
  • De la nada y por todo, a la vez y súbitamente. En ese orden.
  • Soñé que le confesaba mi amor a la niña que me gustaba. Luego me desperté y me di cuenta de que no era real. Sentí muy feo y comencé a llorar. Tenía como 13 años.
  • No soporto cuando —en una peli, serie, libro, vida real, etc.— alguien no puede amar a otra persona “porque está mal o no es correcto”. Siempre lloro porque me conmueve un montón. Estoy confinada a la heteronormatividad de mi casa y pensar que me pueda enamorar de una morra (ya me pasó), me aterra, ya que probablemente nunca me atrevería a algo más.
  • Cuando fui al jardín surrealista en Xilitla, no podía respirar del llanto.
  • Cuando imagino que muero y van a mi funeral mis amigues y lloran.
  • A veces me miro al espejo, empiezo a imaginar escenarios fatalistas y lloro.
  • Por querer morir, ya que la vida es muy difícil.
  • Por el miedo de no saber lo que estoy sintiendo (en general, de mí y de mi entorno).
  • Cuando era niña y supe cómo se hacían los bebés.
  • Porque hacía calor y me desesperé, también porque estaba muy bonito el panorama y me dio sentimiento.
  • El día que lloré al imaginar que mi papá y mi mamá se morían. No soporto la idea de perderles.

 

Si las lágrimas no son invitadas por un tema específico, es porque en lo profundo hay un montón de heridas que esperan cualquier excusa para salir camufladas.

          Muchas veces no estamos preparadas para mirar de frente nuestras cicatrices y sus más ominosas consecuencias. Hace unos días una chica me contó que su abuela también murió y no fue capaz de expresar ninguna emoción. Una mañana dejó caer un plato al suelo y el sonido del impacto la sumergió en un hondo malestar. Pegó su rostro al piso y así permaneció, inmóvil, excedida por las evocaciones. Dice el académico Bernardo García González que siempre se llora con el cuerpo entero… Lloran las razones ocultas, las palabras decapitadas, los silencios intencionados. También se chilla con los ojos secos.

          Es mucho más fácil decir: “Lloré por una canción romántica sin sentido”, para no explicar que: “Al escuchar la letra de esa canción, recordé a mi ex”. Cuando cuento que una vez chillé al ver a un niño correr, es porque me asusta confesar que me descubrí con el deseo de huir, de extraviar mis gestos y reconstruirme lejos de todo el dolor que me sobraba en aquel instante.

          Siempre es más sencillo recurrir a la basurita en el ojo o al llanto extravagante, con tal de no explorar las zanjas de la herida primordial. A fuerza de represión una se va anquilosando, las lágrimas se endurecen y se forman montículos de rabia fina en el pecho. Lo no llorado tiende a transmutarse en odio.

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