Raulimar Alejandra Abreu
Antes de hablar, de vestir, de pensar siquiera, ya fuimos nombrados. Un nombre nos antecede como una sombra que no elegimos. En él está escrito el eco de una historia familiar, un acento, una lengua, una geografía. Nacer no es sólo abrir los ojos: es ser inscrito en una narrativa que otros decidieron. Y, aunque parezca un acto de amor, el nombre también puede ser un acto de clasificación.
En las sociedades contemporáneas, donde todo se etiqueta y se jerarquiza, el nombre funciona como una tarjeta de presentación involuntaria. Puede abrir puertas o cerrarlas antes de que toquemos el umbral. No todos los nombres suenan igual para quien los escucha: algunos evocan prestigio, otros pobreza; algunos se asocian con “civilización”, otros con “barbarie”. En una hoja de vida, el nombre puede decidir una oportunidad. En el aula, puede marcar la diferencia entre ser escuchado o corregido. El nombre, en apariencia inocente, se convierte en la primera frontera social.
Cada nombre lleva un mapa invisible. En América Latina, el apellido delata una mezcla colonial: el vestigio de la imposición española sobre los nombres indígenas o africanos. En Europa, puede indicar clase o linaje. En Estados Unidos, una sola letra o sílaba puede decidir si el correo de trabajo obtiene respuesta o se pierde en el filtro de los prejuicios.
El nombre nos vincula con una genealogía, pero también nos encierra en ella. “Lo llamaremos Kevin, para que tenga más oportunidades”, dice una madre en un barrio pobre. “Cámbiate el apellido, suena demasiado extranjero”, aconseja un reclutador. Así, el nombre se transforma en disfraz: un intento desesperado por suavizar la diferencia ante un mundo que penaliza lo distinto.
Sin embargo, los nombres no sólo delatan el origen, sino que lo mantienen vivo. En muchas culturas, nombrar es invocar a los antepasados; es una manera de recordarlos y mantener la memoria colectiva. Lo que para el sistema es una marca de marginalidad, para la comunidad puede ser un acto de resistencia. El problema no está en el nombre, sino en el oído que lo escucha con jerarquías.
El racismo y la desigualdad social no siempre se manifiestan con gritos o leyes, a veces se esconden en la entonación con la que se pronuncia un nombre. Algunos parecen “demasiado difíciles”, “demasiado étnicos”, “demasiado religiosos”. Esos demasiado son los límites que el poder traza sobre la lengua.
Un currículum con el nombre de Aisha o José Luis recibe menos llamadas que el de Emma o Thomas, incluso si tienen la misma formación. Estudios realizados en distintos países han mostrado cómo los nombres asociados a minorías raciales, religiosas o culturales son penalizados de forma inconsciente por los sistemas de contratación (Bertrand y Mullainathan, 2004). El nombre se convierte así en un filtro invisible que separa a los “aptos” de los otros.
Y más allá de lo laboral, el juicio continúa en la escuela, en la calle, en las redes sociales. La manera en que se pronuncia o se burlan de un nombre revela el tipo de mundo en el que vivimos: uno que pretende igualdad, pero clasifica desde la lengua. El racismo no siempre se dice, a veces se deletrea.
Nombrar ha sido una herramienta de conquista. Cuando los colonizadores llegaron a América, África y Asia, no sólo se apropiaron de los territorios: rebautizaron personas, ríos, montañas, dioses. En el acto de nombrar estaba la pretensión de dominar. El nombre impuesto borraba la historia que existía antes.
Frantz Fanon (1952) escribió que “el colonizado es aquel a quien se obliga a reconocerse en una lengua ajena”. En ese sentido, cambiar de nombre —adoptar uno cristiano o europeo— no era sólo una formalidad religiosa: era un despojo simbólico. El nombre propio, cargado de espiritualidad y memoria, fue sustituido por otro que servía para ser reconocido por el amo.
Hoy, la colonización del lenguaje persiste en formas más sutiles. Los medios corrigen la pronunciación “rara”, los sistemas informáticos subrayan en rojo los nombres indígenas, los formularios no aceptan caracteres que no pertenezcan al alfabeto dominante. La lengua, que debería ser refugio, se vuelve frontera.
Como señaló Édouard Glissant (1990), “nombrar es también aceptar la opacidad del otro”, es decir, respetar aquello que no comprendemos sin intentar traducirlo o blanquearlo. Pero vivimos en sociedades que temen esa opacidad: quieren que todo suene conocido, controlable, domesticado.
El nombre también puede ser un lugar de insurrección. Reivindicar el nombre propio —pronunciarlo con su acento original, negarse a traducirlo o simplificarlo— es un acto político. Es una manera de decir: “mi historia no necesita permiso para existir”.
Cuando una persona insiste en que su nombre se diga bien, no está corrigiendo una sílaba, sino siglos de subordinación. Y cuando una comunidad rescata sus nombres originarios, está desenterrando una identidad colectiva que el poder intentó silenciar.
bell hooks, quien eligió escribir su nombre en minúsculas, entendía el gesto como un acto de humildad y resistencia: un modo de desplazar el ego y subvertir las jerarquías del lenguaje. En esa decisión mínima —la forma de escribir un nombre— hay un universo político.
El nombre, entonces, no es sólo una palabra: es una declaración de existencia. Cada vez que lo pronunciamos, afirmamos una historia, una piel, una herencia. Y aunque el sistema haya aprendido a discriminar desde las vocales, también nosotros podemos aprender a resistir desde las letras.
Nombrar puede ser herida, pero también puede ser cura. Lo importante es comprender que en cada nombre hay una historia de amor y violencia, de pertenencia y exclusión. La verdadera igualdad no comenzará cuando todos nos llamemos igual, sino cuando cada nombre sea pronunciado con el mismo respeto.
Sin embargo, los nombres no sólo delatan el origen, sino que lo mantienen vivo. En muchas culturas, nombrar es invocar a los antepasados; es una manera de recordarlos y mantener la memoria colectiva. Lo que para el sistema es una marca de marginalidad, para la comunidad puede ser un acto de resistencia. El problema no está en el nombre, sino en el oído que lo escucha con jerarquías.
El racismo y la desigualdad social no siempre se manifiestan con gritos o leyes, a veces se esconden en la entonación con la que se pronuncia un nombre. Algunos parecen “demasiado difíciles”, “demasiado étnicos”, “demasiado religiosos”. Esos demasiado son los límites que el poder traza sobre la lengua.
Un currículum con el nombre de Aisha o José Luis recibe menos llamadas que el de Emma o Thomas, incluso si tienen la misma formación. Estudios realizados en distintos países han mostrado cómo los nombres asociados a minorías raciales, religiosas o culturales son penalizados de forma inconsciente por los sistemas de contratación (Bertrand y Mullainathan, 2004). El nombre se convierte así en un filtro invisible que separa a los “aptos” de los otros.
Y más allá de lo laboral, el juicio continúa en la escuela, en la calle, en las redes sociales. La manera en que se pronuncia o se burlan de un nombre revela el tipo de mundo en el que vivimos: uno que pretende igualdad, pero clasifica desde la lengua. El racismo no siempre se dice, a veces se deletrea.
Nombrar ha sido una herramienta de conquista. Cuando los colonizadores llegaron a América, África y Asia, no sólo se apropiaron de los territorios: rebautizaron personas, ríos, montañas, dioses. En el acto de nombrar estaba la pretensión de dominar. El nombre impuesto borraba la historia que existía antes.
Frantz Fanon (1952) escribió que “el colonizado es aquel a quien se obliga a reconocerse en una lengua ajena”. En ese sentido, cambiar de nombre —adoptar uno cristiano o europeo— no era sólo una formalidad religiosa: era un despojo simbólico. El nombre propio, cargado de espiritualidad y memoria, fue sustituido por otro que servía para ser reconocido por el amo.
Hoy, la colonización del lenguaje persiste en formas más sutiles. Los medios corrigen la pronunciación “rara”, los sistemas informáticos subrayan en rojo los nombres indígenas, los formularios no aceptan caracteres que no pertenezcan al alfabeto dominante. La lengua, que debería ser refugio, se vuelve frontera.
Como señaló Édouard Glissant (1990), “nombrar es también aceptar la opacidad del otro”, es decir, respetar aquello que no comprendemos sin intentar traducirlo o blanquearlo. Pero vivimos en sociedades que temen esa opacidad: quieren que todo suene conocido, controlable, domesticado.
El nombre también puede ser un lugar de insurrección. Reivindicar el nombre propio —pronunciarlo con su acento original, negarse a traducirlo o simplificarlo— es un acto político. Es una manera de decir: “mi historia no necesita permiso para existir”.
Cuando una persona insiste en que su nombre se diga bien, no está corrigiendo una sílaba, sino siglos de subordinación. Y cuando una comunidad rescata sus nombres originarios, está desenterrando una identidad colectiva que el poder intentó silenciar.
bell hooks, quien eligió escribir su nombre en minúsculas, entendía el gesto como un acto de humildad y resistencia: un modo de desplazar el ego y subvertir las jerarquías del lenguaje. En esa decisión mínima —la forma de escribir un nombre— hay un universo político.
El nombre, entonces, no es sólo una palabra: es una declaración de existencia. Cada vez que lo pronunciamos, afirmamos una historia, una piel, una herencia. Y aunque el sistema haya aprendido a discriminar desde las vocales, también nosotros podemos aprender a resistir desde las letras.
Nombrar puede ser herida, pero también puede ser cura. Lo importante es comprender que en cada nombre hay una historia de amor y violencia, de pertenencia y exclusión. La verdadera igualdad no comenzará cuando todos nos llamemos igual, sino cuando cada nombre sea pronunciado con el mismo respeto.
Bibliografía
Bertrand, M. y Mullainathan, S. (2004). Are Emily and Greg More Employable than Lakisha and Jamal? A Field Experiment on Labor Market Discrimination. American Economic Review, 94(4), 991-1013.
Fanon, F. (1952). Peau noir, masques blancs. París: Éditions du Seuil.
Glissant, É. (1990). Poétique de la Relation. París: Gallimard.
hooks, b. (1994). Teaching to Transgress: Education as the Practice of Freedom. Nueva York: Routledge.
Bourdieu, P. (1982). Ce que parler veut dire: L’économie des échanges linguistiques. París: Fayard.
Raulimar Alejandra Abreu nació en Maracaibo, Venezuela, en 2004. Escribe desde la intersección entre lenguaje, poder y cuerpo. Su ensayo “El nombre como primera frontera” explora cómo los nombres inscriben desigualdades y jerarquías invisibles. Cree que la escritura crítica puede ser también acto de resistencia, y que cada palabra es un territorio donde se juega la memoria, la identidad y la libertad de existir.

