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FLORES VIEJAS – CAROLINA JIMÉNEZ SAN PEDRO

Nunca olvidaré esa fiesta. Cumplía diez años y papá me dejó invitar a todas las niñas del salón. Escogí una piñata de sirena, preciosa, con el largo pelo de papel amarillo, ojos de un brillante color violeta que combinaban con su brasier de conchas y la cola verde esmeralda. Era tan bonita que daba pena romperla. El pastel estaba de moda: cubierto de merengue y con barquillos rellenos de merengue también. Una enorme y empalagosa celebración.

         Elegí mi ropa con muchos días de anticipación: mallones rosas y una blusa morada con botones en forma de corazón cosidos en las mangas. Me peinaría con una cola de caballo de lado, como las niñas que salían en los anuncios de la tele. Papá me llevó a comprar las invitaciones y me dejó escoger las de Hello Kitty. La gatita se veía feliz y tierna con su gran moño rojo en la oreja, como si ella también estuviera vestida para una fiesta. Llené las invitaciones con mi mejor letra cursiva y las llevé el lunes a la escuela. Estaba nerviosa porque faltaba poco tiempo, pero todas confirmaron antes de que llegara el ansiado sábado. Me emocionó sobre todo que vendría Sofi, mi mejor amiga, porque casi no nos veíamos fuera del colegio.

         —Debes estar muy agradecida, Laura —repitió mamá, una y otra vez—. A mí nunca me hicieron una fiesta.

         —Sí, mamá.

         —Todo esto cuesta dinero, ¿sabes? Y no es que seamos ricos como para estar invitándole la comida a todas esas niñas; de hecho, todavía estamos bastante gastados después de comprar la casa. No sé qué estaba pensando tu papá cuando te dio permiso para todo esto.

         —Sí, gracias, mamá —le contestaba, porque no sabía qué decir.

         Después, mi mamá farfullaba algo entre dientes y me dejaba sola.

         Se quejaba también con mi papá, le decía que no debería gastar ese dinero en una fiesta de niñas. Él no le daba importancia.

         —No es tanto dinero, Amanda. Ya déjalo ir. ¿Qué tanto necesitamos? Unas pizzas, refrescos, piñata y pastel… No veo cuál es el problema.

         —Sí, pizza para niñas que no conozco. Y no falta la mamá que se queda de gorrona. Voy a tener que invitar a tus hermanas, a mi mamá y a la tuya, y así se van sumando a la lista.

         —Amanda, nunca le hemos hecho una fiesta a Lau. Es la última oportunidad que tenemos de hacerle una fiesta así, después ya va a estar muy grande. Además, ahora tenemos jardín, hay que aprovecharlo.

         —No necesita una fiesta. Ni tú ni yo tuvimos fiestas de niños, no veo cuál es el problema.

         —Ya le dije que sí y no me voy a echar para atrás. Es una tarde de tu vida, no es para tanto. Además, no tienes que invitar a nadie más, con que estén sus amigas, Lau va a estar feliz.

         Mi papá se iba a trabajar o a pasear al perro o a hacer cualquier cosa fuera de la casa para no seguir escuchando a mi mamá, quien terminó invitando a las tías y a las abuelas. Dijo que no quería hacerlo, y nadie se lo pidió, pero lo hizo.

         No me gustó que invitara a mi abuela Esther, su mamá. Mi abuela paterna era cariñosa conmigo: siempre tenía paletas de caramelo guardadas en su bolsa y me daba veinte nuevos pesos (en ese entonces les decíamos “nuevos pesos”) cada vez que me sacaba un diez en la escuela. A veces me invitaba a dormir a su casa y me dejaba desayunar en su cama, mientras veíamos caricaturas. Mi abuela Esther era otra cosa: se pintaba el pelo y las cejas de un negro casi azul, que le endurecía las facciones, que acentuaba las arrugas de su entrecejo y su nariz tosca. Olía a flores viejas y me decía “niña”, como si no supiera mi nombre o como si fuera intercambiable con cualquier otra criatura femenina de mi edad. Estoy segura de que la abuela Esther no quería ir a mi fiesta, pero con el mismo gesto necio de mi madre, aceptó la invitación.

 

Apenas dormí la noche anterior. Estaba ilusionada, pero también nerviosa. Me daba miedo que mi mamá estuviera de mal humor, que siguiera enojada por la fiesta y fuera grosera con mis amigas. Pero cuando al fin se hizo de día y bajé a desayunar, mis papás me cantaron “Las mañanitas” y mi mamá preparó hotcakes como me gustaban: con mucha miel y mantequilla, sin escatimar. Me abrazó y dijo: “Feliz cumpleaños, Lau”, con la voz suave y cariñosa que a veces le salía. Todo va a salir bien, pensé. Todo va a salir bien, sonreí.

         La primera en llegar fue Sofi, poco antes de la una, con una cajita envuelta en papel de color plateado bajo el brazo.

         —¡Ábrela, ábrela! —me dijo en cuanto la puso en mis manos.

         —No puedo abrir ninguno hasta que se vayan todos los invitados. Eso dijo mi mamá y no la quiero hacer enojar.

         —Bueno, bueno. Entonces te digo: es una pulsera así… —Me enseñó su muñeca, de donde colgaba una pulsera con un dije en forma de medio corazón—. La tuya tiene la otra mitad. Como un rompecabezas.

         Si cierro los ojos, todavía puedo ver la sonrisa de Sofi, con esos dientes que eran demasiado grandes en su cara de niña. Me sentí tan feliz en ese momento: era mi mejor amiga y ahora tendría la prueba de ello colgando de la muñeca, para que todo el mundo lo supiera. Ya quería que llegara la noche para abrir los regalos y ponerme mi medio corazón.

         Mi mamá saludó a Sofi con una sonrisa leve, pero amable, y se sentó en la sala con mi papá, mis tías y mi abuela paterna, que habían llegado desde temprano. De mi abuela Esther, ni sus luces. Las demás niñas fueron llegando poco a poco, y a las dos ya estábamos todas en el patio, tratando de dar vueltas de carro. Bueno, yo trataba (y nunca lo logré), mientras las demás lo hacían a la perfección y me daban consejos para conseguirlo.

         —Sólo es cosa de no tener miedo, Lau —me dijo Sofi, que tomaba clases de gimnasia y podía hacer toda suerte de trucos, como caminar de manos por el jardín. Y sí, me daba muchísimo miedo caerme, aunque fuera en el pasto y supiera que no me iba a pasar nada.

         —¿Qué es eso, una piñata? —preguntó de repente Raquel, la más pesada del salón, mientras apuntaba con el dedo a la sirena.

         —Sí —le contesté.

         —¿No estamos grandes para romper piñatas?

         No se me había cruzado por la cabeza. Nunca había tenido una y me hacía ilusión, no imaginé que a los diez años ya estuviera fuera de lugar. Sentí cómo se me ponía la cara roja y no supe qué contestar, me dieron ganas de sacar la piñata a la calle para que se la llevara el camión de la basura.

         —Pues a mí me gusta —dijo Sofi—. Está muy padre, y además me dijo Lau que está llena de dulces de chamoy, y esos son mis favoritos.

         Las demás niñas asintieron porque todas querían a Sofi, y a Raquel no le quedó más que resoplar. Sofi me sonrió y de nuevo sentí que nada podía salir mal ese día. Entonces, oí que llegó la abuela Esther.

         —Pensé que no ibas a venir, ya es bien tarde —le dijo mi mamá, mientras caminaban hacia nosotras.

         —Tenía otras cosas que hacer, pero aquí estoy.

         —Bueno, pues hubieras llamado, porque ya pedimos las pizzas y no sé si alcancen.

         —Ya comí. Hola, niña —dijo, mirándome—. Que cumples diez años. Felicidades, ya eres una mujercita.

         —Creo que estás exagerando, mamá, todavía es pequeña.

         —A los diez ya son mujercitas. Por eso esta fiesta me parece una ridiculez. Sólo por cumplir otro año, como si hubiera algún mérito en ello.

         —Fue idea de Alberto, mamá.

         —Ajá, sí, seguro. Te traje esto, niña —de nuevo, dirigiéndose a mí.

         Me entregó un paquetito envuelto en papel arrugado. Le di las gracias.

         —¿Qué, no lo vas a abrir?

         —Me pidió mi mamá que no los abriera hasta la noche. Me dijo que era de mala educación.

         —Qué tontería, pero hagan lo que quieran.

         Y se fue a la casa, con los demás adultos. Mi mamá se quedó atrás, con cara de no saber qué hacer. Tardó unos momentos en reaccionar y meterse también a la casa.

         Volteé a ver a mis compañeras. No había querido verlas mientras mi mamá y mi abuela discutían. Me dio vergüenza y ahora que todas se veían extrañadas, comprobaba por qué: ellas sabían, y yo también, que ese no era un diálogo normal entre una abuela y una madre. No eran sólo las palabras, sino la tensión que había entre ellas, las miradas que se echaban la una a la otra. Yo las había visto así muchas veces y lo odiaba, pero ahora que lo veía desde la mirada de mis compañeras, caí en cuenta de cuán chocante era. Sofi me dedicó una pequeña sonrisa, sin mostrar los dientes, pero ni siquiera ella pudo transformar el momento incómodo. No había nada que pudiera decir. Fue mi papá quien finalmente lo disipó, cuando salió al jardín con las pizzas.

         —¿A quién le gusta la de peperoni?

         Todas nos levantamos, aliviadas.

Pasamos un rato tranquilo después de comer. Aunque las demás se veían contentas, yo estaba tensa. Sentía la mirada de la abuela Esther sobre mí, sobre mi madre, e imaginaba que en cualquier momento esa mirada iba a explotar sobre nosotras, sobre toda la fiesta. Por eso les dije a las niñas que fuéramos a mi cuarto, donde podríamos estar solas un rato en lo que llegaba la hora de romper la piñata y comer pastel.

         Raquel, por supuesto, no perdió tiempo en burlarse de mis muñecos de peluche.

         —Yo ya regalé todos los míos, son para niñas chiquitas. Y mira, tú tienes miles.

         —A mí me parecen tiernos —le contestó Sofi—. Y lo que está superpadre es que tienes teléfono en tu cuarto, Lau.

         —Sí, cuando nos mudamos a esta casa mi papá me dio permiso, para que pueda hablar con ustedes desde acá.

         (Lo que no dije fue que a mi mamá no le gustó la idea, pero al final ganó papá).

         —¿Podemos hacer bromas por teléfono? —preguntó una de las niñas.

         —Sí, claro —respondí, aunque mamá me lo había prohibido.

         Estuvieron un buen rato llamando a distintos números para preguntar si estaba el señor Rosado de la Colina, y sus risas eran cada vez más escandalosas. Era inevitable que llegara mi madre.

         —¿Se puede saber qué están haciendo?

         Todas mis amigas se congelaron, incluida la que sostenía el auricular.

         —Dejen ese teléfono inmediatamente y bajen al jardín, no tienen nada que hacer aquí arriba.

         Y luego, como dándose cuenta de que no le hablaba sólo a su hija, sino también a otras diez niñas, suavizó su tono:

         —Ya vamos a romper la piñata.

         Bajamos las escaleras en fila y en silencio, cosa rara para un grupo de niñas de diez años, que normalmente no paraba de hablar. Y en la sala, caminando hacia la entrada de la casa, estaba la abuela Esther con la sirena de cabellos dorados entre las manos.

         —¿Qué estás haciendo? —le preguntó mi madre.

         Creo que me salté algunas respiraciones después de escuchar esa pregunta, mientras tenía frente a mis ojos la obvia respuesta de la abuela Esther. Era una pregunta que no buscaba resolver, sino iniciar la confrontación. Yo sabía lo que venía, lo había visto muchas veces. Busqué a mi papá con la mirada, porque era el único que se atrevía a hacer algo para detenerlas, el único con alguna posibilidad de lograrlo, de frenar la discusión antes de que se echara todo a perder. Pero papá no estaba.

         —Me llevo esta piñata —contestó mi abuela—. Una amiga mía está haciendo una recolección para un hospital infantil, a ellos les servirá más que a la niña.

         —¿De cuándo acá haces obra de caridad, mamá? —su voz, que apenas había alcanzado a controlar unos minutos antes, ahora se elevaba, se hacía estridente y rebelde, adquiría vida propia—. Es más, ¿de cuándo acá tienes amigas?

         —¿De verdad me vas a hablar así enfrente de tus invitadas?

         —Me da igual quién esté. Ésta es mi casa y hago lo que quiera.

         —Ah, claro. Porque ahora eres la niña rica que tiene su casa y le hace fiestas ridículas a su hija. Te encanta lucirte, ¿verdad? ¿Restregarme lo que no tengo? Ya sé que siempre quisiste esto, que eras capaz de cualquier cosa con tal de tener dinero, una casa así, cosas bonitas. Pero no importa lo que hagas, siempre vas a ser una pendeja.

         Seguro que la palabra impresionó a mis compañeras. Era de esas que sólo se decían en secreto durante el recreo. Los adultos en su entorno no las decían. Mi mamá sí: cuando manejaba, cuando discutía con mi papá, cuando me regañaba. Pero seguro la grosería no las impresionó tanto como la cachetada que le dio mi mamá a la abuela Esther.

         Escuché los pasos detrás de mí, que avanzaban por las escaleras que acabábamos de bajar. Volteé y sólo vi a Sofi, que miraba a mi mamá y a la abuela Esther, como paralizada. Cuando cruzamos miradas, agachó los ojos y subió con las demás niñas.

         Mi mamá le arrebató la piñata a la abuela, el pelo amarillo quedó regado en el piso. Mi abuela tomó su bolsa y caminó hacia la puerta, mientras mi mamá le gritaba que era una estúpida, una cabrona, que siempre había sido mala madre, que no quería volver a verla en su vida. “Pendeja”, repitió la abuela, mientras azotaba la puerta.

         Después, un silencio tal que se podían escuchar las voces que venían de arriba, sigilosas, pero no lo suficiente. Subí a mi cuarto y las encontré a todas rodeando el teléfono. “Mamá, ven por mí, esto está horrible”. Tal vez me vieron entrar, pero actuaron como si nada: siguieron llamando, una por una, pidiendo que las rescataran de esa casa espantosa, de mi casa.

         Salí de mi recámara. Nunca pensé que podría sentirme tan incómoda en mi propio espacio. Mi papá subió entonces, agitado.

         —¿Qué pasó?

         Me fastidió su ingenuidad. Me molestó que no supiera qué había pasado.

         —¿Dónde estabas?

         —En el jardín, estaba viendo de dónde amarrar la cuerda para la piñata… ¿Qué pasó?

         —Pues nada, que se te ocurrió hacer esta tonta fiesta.

         No dijo nada, sabía que mis compañeras estaban muy cerca, que escucharían cualquier regaño, cualquier discusión. Era más prudente que mamá. Sólo bajó las escaleras. Yo hubiera querido que me abrazara, pero no supe cómo pedirlo; en lugar de eso, le escupí mi enojo en forma de palabras, porque la emoción me rebasaba, me subía por la garganta como un líquido efervescente. Así que no me abrazó, no supo que lo necesitaba.

Llegaron por todas antes de que pasara una hora; mis tías y mi abuela paterna también se fueron (“Lo siento, Lau”, dijeron. “Nos vemos otro día, cuando todo esté más tranquilo”). La última en irse fue Sofi, porque era quien vivía más lejos. Nos quedamos solas al final, calladas. Mi papá nos ofreció pastel, pero lo rechazamos, aunque yo sabía cuánto le gustaban a Sofi esos conitos con merengue. Mi mamá se encerró en su habitación y no salió, ni siquiera para despedir a las niñas o darles alguna explicación a sus mamás.

         Cuando tocó el timbre la mamá de Sofi, ella bajó corriendo y la abrazó. Yo estaba unos pasos detrás y escuché a la señora: “Te dije que no vinieras. Te dije que no me latía, es una mujer muy rara”. Después me vio y trató de sonreír, pero le salió una mueca tensa.

         —Feliz cumpleaños, Lau. Espero que te haya gustado tu regalo.

         Yo sólo asentí. Mi papá llegó con un refractario lleno de pastel.

         —Por favor, llévense esto, es demasiado para nosotros tres.

         —Muchas gracias.

         —No, no, gracias a ustedes. Ojalá les guste el pastel.

         —Sí, seguro que sí. Ya nos vamos, tenemos un compromiso y se nos hace tarde. Después les devolvemos el refractario.

         Pero no lo regresaron. Sofi tampoco regresó.

         Cuando subí a mi cuarto, me encontré todos los regalos sobre la cama. Supongo que mi papá los puso ahí, en un intento por hacerme sentir mejor. Encontré el de Sofi y lo aventé al fondo de un cajón. Ya no servía de nada, sabía que Sofi no iba a querer usar su medio corazón conmigo, lo sospechaba incluso antes del recreo del lunes, cuando me hicieron la ley del hielo y tuve que comerme mi lunch sola.

         Entre los regalos, encontré el de mi abuela Esther: una cajita envuelta con torpeza, con un papel arrugado que probablemente tomó de otro regalo que llevaba un rato en su clóset. Adentro, una botella de perfume, diminuta. No era un regalo adecuado para una niña, lo sé ahora y lo supe entonces. Pero la abuela fue clara, yo ya no era una niña. Lo destapé: olía a ella.

         Escuché la voz de mi madre, que le gritaba a mi papá:

         —Te dije, te dije que no hiciéramos esta fiesta, y ya viste cómo acabó.

         Te odio, pensé. Te odio, te odio, te odio. Mi abuela tiene razón, eres una pendeja. Aventé el perfume al suelo, con fuerza. El cristal se rompió y mi habitación se llenó de flores viejas.

Alarido doméstico  

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