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Imágenes

Por Daniel Frini

Imagen uno

Se llamaba Yevdokiya Konstantinovna Naryškina y era hija de un boyardo poseedor de enormes extensiones de tierras al oeste de Mozhaisk. Su madre había muerto cuando ella era niña y su padre, hombre al que veía muy poco en razón de lo ocupado que estaba atendiendo su elevado cargo en la corte del zar, se había casado nuevamente con Ivanóvna Maliuta Shestova, viuda también y madre de tres hijas. Las cuatro mujeres la trataban como a un siervo más de la hacienda de su padre, obligándola a trabajar en la limpieza de la casa y en la atención personal de su madrastra y las tres jóvenes.
     En este grabado de autor anónimo, se puede ver a la joven Kiya de rodillas, refregando los pisos de la sala de estar de la mansión familiar; mientras, en segundo plano, se ve a las cuatro mujeres y una invitada —probablemente la condesa Vasilevna Nikolaevna Skvortsova—, quienes comparten una animada charla en la tarde de un caluroso día de verano.

Imagen dos

     La princesa Zenaida Nicolaievna Yusúpova y su esposo, el conde Félix Félixovich Sumarókov-Elston, organizaron un baile en el palacio Arkhangelskoye, al que invitaron a lo más insigne de la nobleza, entre ellos a la familia Naryškin. Nadie dudó que la invitación excluía a la joven Kiya, ni siquiera su padre. Sin embargo ella, de carácter afable y solidario, siempre sonriente y atenta, contaba con el apoyo de los demás siervos de la casa, quienes la convencieron de asistir al baile, robaron algunas ropas de las hermanastras (con las que hicieron un hermoso vestido), y la maquillaron y acicalaron. Mikhail Nikítich Otrepyev, zapatero, le obsequió unas hermosas sandalias hechas a la medida, decoradas con escamas de madreperla que tomó de un viejo joyero propiedad de la abuela materna de Kiya.
     Aquel día, luego de llevar a la familia al palacio, los pajes regresaron a buscar a Kiya con el carruaje de su padre. Se acordó que volverían por ella a medianoche para tener tiempo de retornarla a casa y regresar a la fiesta por el resto de la familia.
     Su presencia en el palacio causó furor. Su aspecto era tan diferente al de la sierva que todos estaban acostumbrados a ver que ni siquiera su familia se percató del cambio, y se preguntaban, curiosos, quién era la deslumbrante invitada.
    El hijo de los anfitriones, el príncipe Félix Féliksovich Yusúpov, estaba estupefacto. Bailó con la joven toda la velada y quedó asolado cuando ella, alegando excusas inentendibles, se retiró del baile minutos antes de medianoche.
     Esta pintura de Iliá Yefímovich Repin, titulada La huída de la bella extraña, rememora el momento en que Kiya entra al carruaje para volver a su casa y el príncipe intenta retenerla, tomándola de una pierna y quedándose con una sandalia como souvenir.
     Curiosamente, nadie reconoció el vehículo, y al príncipe, tan alelado, no se le ocurrió ordenar a su guardia que la siguiera.

Imagen tres

Se pidió la ayuda de la Ojrana, la policía secreta del zar, para encontrar a la dueña de la sandalia. El comisario Dimitri Ivánovich Bogrov organizó y comandó la requisa que, finalmente, dio con Kiya. Los cálculos más conservadores estiman unos doscientos cincuenta muertos y más de tres mil deportados por los agentes de Bogrov, pero podrían ser muchos más. Por otra parte, se señala a Antón Pável Glazunov, campesino y amante despechado por Kiya, como la persona que la habría delatado a cambio de unos pocos kopecs, creyendo que la buscaban para ejecutarla.
     La llevaron encadenada a Arkhangelskoye, y se casó con el príncipe, unos diez días después en la iglesia del arcángel Mikhail, en los terrenos del palacio. La princesa Kiya era respetada y querida por sus siervos. Se la recuerda como una dvoryanina muy justa y preocupada por el bienestar de sus amados súbditos.
     Esta pintura del artista Isaak Ilich Levitán, llamada La comparecencia de la madrastra y sus hijas, muestra a Kiya, serena y majestuosa, de pie ante sus opresoras de antaño quienes, de rodillas y con las frentes posadas en el piso, le suplican perdón. El gesto beatífico de la princesa contrasta con el ademán adusto de su noble esposo quien, sentado en el sillón de la sala de Justicia del palacio, parece sufrir con el drama que se desarrolla frente a él. Se cree que Levitán recogió esta escena un día antes de que las cuatro mujeres y el padre de Kiya fueran ajusticiados por su orden directa, sin atender los pedidos de mesura de su esposo.

Imagen cuatro

En febrero, las protestas del Domingo Rojo hicieron que el zar abdicara y se constituyese la Duma.
     En noviembre, los revolucionarios guiados por Lev Davídovich Bronstein y Vladímir Ilich Ulánov derrocaron al gobierno provisional de Aleksandr Fiódorovich Kérenski.
     Al año siguiente, estalló la guerra civil. El príncipe Yusúpov, esposo de Kiya, se unió al Ejército Blanco del general Mijaíl Vasílyevich Alekséyev, y se cree que murió en la toma de Rostov.
    Por esa misma época, los bolcheviques entraron al palacio de Arkhangelskoye, que finalmente sería nacionalizado. Kiya huyó poco antes de la llegada de los revolucionarios, presuntamente ayudada por un grupo fiel de súbditos.
   El siguiente daguerrotipo muestra a un grupo de milicianos bolcheviques posando detrás de una fila de cadáveres, que pertenecieron a la nobleza y fueron fusilados. Se cree que fue tomado en las afueras de Kursk, muy cerca de Arkhangelskoye.

Imagen cinco

Lamentablemente, sólo podemos conjeturar qué pasó con Kiya en los días posteriores a su huída del palacio. Se sabe por referencias indirectas que estuvo en Bryansk y Kaluga, y se dice que fue reconocida por un exempleado de su esposo en el mercado de Velikiye Luki.
     Algunos aristócratas fueron ayudados a escapar por sacerdotes y comisarios del pueblo corruptos. La mayoría de ellos huyeron a Finlandia, Alemania o Francia, mientras que los menos fueron reubicados dentro del territorio ruso, con nuevas identidades. Tal parece ser el caso de Kiya.
     En la fotografía, tomada en 1923, se muestra una escena familiar en la casa de campo del Comisario del Pueblo para Asuntos Exteriores Georgy Vasilyevich Chicherin, que aparece sentado en un extremo de la mesa leyendo un periódico. Junto a él están su esposa Tatiana Vladimirovna Skavronska y sus tres hijas compartiendo el té, y cuatro camaradas al servicio privado del comisario Chicherin —el segundo desde la izquierda es Yuri Ivánovich Kobylin, agente encubierto del Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, por entonces ya enemistado con el dueño de la casa—. En primer plano se puede ver a una anciana de rodillas refregando los pisos de la sala de estar de la casa familiar. No se sabe qué nombre usaba, pero se trata de Yevdokiya Konstantinovna Naryškina. Se cree que luego de la muerte de Chicherin, en 1936, Stalin la envió a Siberia.

Daniel Frini

Nació en Berrotarán, Córdoba, Argentina; en 1963. Es ingeniero, escritor, antólogo, prologuista, artista visual y Magister Internacional en Literatura y Narración Creativa. Ha publicado en varias revistas virtuales y en papel, en blogs y en antologías de Argentina, España, México, Colombia, Chile, Perú y, además, ha sido traducido y publicado en Italia, Portugal, Brasil, Francia, Estados Unidos, Gran Bretaña, Uzbekistán y Hungría. Publicó Poemas de Adriana (2017), Manual de autoayuda para fantasmas (2015), El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016), Nueve hombres que murieron en Borneo (2018) y La vida sexual de las arañas pollito (2019). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio internacional de monólogo teatral hiperbreve Garzón Céspedes (2009, Madrid / México D. F.); Premio La Oveja Negra (2009, Buenos Aires, Argentina), Premio El Dinosaurio (2010, Colombia), el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017 (España), el 1er Premio del III Concurso de microrrelato ilustrado Universidad de Jaén (2019, España), el 1er Premio en el Primer concurso internacional de minificción IER/UNAM (Instituto de Energías Renovables de la Universidad Nacional Autónoma de México, 2020), el 1er Premio 2024 Gold Editorial (Colombia, 2024), finalista del Místico Literario Algeciras Fantástica (España, 2024) y finalista del Concurso cuento breve Martín Fierro (San Martín, Argentina, 2024).