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Poemas – Felipe Ezeiza y María Jesús Gatica

El fruto de la tierra seca

Felipe Ezeiza

Frontino

Por una caricia

el oso salió del bosque

y le han cortado la cabeza

 

En el sendero que va del cuerpo a la palabra decapitada

cada centímetro pretende una cayena

 

no se trata sólo de la sangre

el fruto de la tierra seca todavía palpitante

babea la savia de las próximas elegías

 

ese dejo celeste que desde las alturas

brama el canto de su vientre

presagiará

las llamas en las copas de los árboles

que como dedos entrelazados

les dieron nido a los azulejos

 

el espectro de la luz a través de las hojas del yagrumo

antes de ser cortado

 

los osos del futuro

que al pie de los bosques del futuro

serán decapitados por los siglos y de los siglos

 

hasta que en la piel de la historia

de la crueldad humana

el último vestigio de lenguaje borre todos los senderos.

Naturaleza

 

El amor no nos salvó a ninguno de los dos
del tiempo y la barbarie
-Pastora Briceño

Una garza sobrevuela la oración

la imagen del cielo     no la sostiene

 

es un trazo blanco en el gris absoluto

 

fragilidad de alas infinitas

 

cada pluma

cada fibra de su presencia

resiente el aire denso en sus pulmones

el cansancio     el peso del desamparo     presionándola

 

lágrima ahogada y suspendida     al borde de la aniquilación

 

atraviesa la ciudad

con la fiebre de un cauce antiguo

        las tiras de plástico revolviéndose en el estómago

        los alambres incrustados en los dominios del alba

el mundo afuera     el mundo adentro     indistinguibles

al posarse en el universo de una ceiba

 

garza

pétalo de asfixia

la niebla     las hojas enrojecidas     advierten:

el musgo supurando     es lenguaje

en estado de inquietud

 

el firmamento convulsiona

como un valle pronunciando su incendio

 

el poema

es el río de Dios que desemboca en la extinción

 

allá     donde los pobladores degollaron

a las bestias rumiantes

 

raíces expuestas

estuarios que presienten     la aridez

golpes de maquinaria en el lecho tornasolado y aceitoso

 

inmemorial

cicatriz del rapto

 

garza     transmigrada     en claridad

finalmente la sed de otro paisaje

 

vuela

hacia el espejo de agua con sus vértebras luminosas

 

ella

regresa al reino de su especie

 

es una sobreviviente.

Felipe Ezeiza (Los Teques, Venezuela, 1999). Algunos de sus poemas han sido traducidos al italiano, ruso e inglés. Ha diseñado y aplicado talleres de escritura creativa para niños y adolescentes, además de talleres enfocados en la construcción de bestiarios, y haiku. Entre los reconocimientos más importantes a su trabajo literario destacan: mención honorífica en la IX Edición del Premio de Cuento Santiago Anzola Omaña; mención de publicación en el 6° y 7° Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas, y ganador en su 8a edición. Ha publicado Osario (Ediciones Petalurgia, 2022), Bestiario del viento (Buscadores de libros, 2022) y Yagrumo (Ediciones Palíndromus, 2023).

Instagram: @fray_bucare

Por la mentira

 María Jesús Gatica

 

Las sombras, los huecos, las bocas,

los silencios, los pies, los colores ocres,

luego rojos,

naranjas, verdes.

Risas,

risas, sin ojos, con ojos, con caracoles que sólo ven el mar,

el mar donde un río,

el río donde tu lluvia,

tu llanto.

Los moluscos marchitos al sol.

Los pies que caminan rectos,

sobre sombras oblicuas,

atados a la tierra,

sacando del tropiezo la fuerza,

 

Las manos, los dedos, el cordón umbilical, ¿los ves?

Todavía laten.

Las puertas están partidas.

Las partidas son como puertas, como caminos.

Son puertas, pasaportes, trayectos que revientan

en mil pedazos.

Mi rostro en una foto vieja,

era un collage de colores extraños,

no sé si se transformó la figura en fondo,

si el árbol tapó el bosque,

o no había ningún árbol, ningún bosque…

 

Sólo yo, descalza en el camino,

partiendo siempre,

resbalándome entre los charcos,

oliendo humedades que me reverdecen

en esta paciente y queda noche.

Vuelvo a la simiente,

al temblor original, al latido sin voces.

Sólo ecos de ríos, de cauces desconocidos y ocultos,

apenas vislumbrados por

los que atraviesan el puente.

Ese olor me acuna de tibiezas moradas,

me hace sentir como de barro.

Como de barro, como de laguna poblada de cañas,

invisible,

pero eterna.

Yo vivía en una ciudad sitiada,

atravesada por diagonales como rejas de cárceles

en los sótanos, ocultas.

Recorrida por inmóviles trazos negros.

No lo sabía, era una ciudad en guerra.

Respiraba ecos gélidos en las misas

de esa catedral inmensa y de silencios.

Vivía en una ciudad sin nombres

ajena a mí misma y a su historia.

Vivo todavía en esas calles de ausencias,

la metralla de fondo, un miedo que persiste,

un manotazo latente.

Transito buscando escapar de sus bordes,

con sigilo para que nadie escuche y lo impida,

me extranjero en distintos lugares tejiendo un ajedrez

de piezas desparramadas.

Cargo un silencio entre sus esquinas

y llevo también un misterio, y la clave para salir de las rotondas.

Me escurro mínima por la circunvalación y corro

enloquecida por una calle que la cruza, infinita.

No hay salida.

El laberinto se rediseña y cierra como una caja de secretos árabes.

Yo y la llave respiramos juntas

en un zaguán,

agitadas.

Otra oportunidad: eso necesitamos.

María Jesús Gatica. Nací en Argentina, donde publiqué en el año 2000 mi primer libro de poemas: Parecen voces. Desde entonces, la escritura ha sido una constante íntima y crítica, atravesada por el pensamiento filosófico, las experiencias vitales y las migraciones emocionales y geográficas. Entre 2002 y 2008 viví en Madrid, España. En 2008 me trasladé a Chile, y viví en la ciudad de Concepción, y en 2021 regresé a Madrid.