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SEIS – EDA SOFÍA

Miro a las personas que caminan descalzas o sobre zapatos altísimos a la orilla del mar. Emanan un aire de merecimiento que yo no puedo siquiera imitar. Me pregunto qué esconden entre tantos pliegues de elegancia, en dónde encuentran esa inspiración tan honorable. Tomoko me pregunta qué escondemos nosotros ante tanto alarde público, entre nuestras danzas y exhibiciones de afecto.

         Isabel conoció a Tomoko en un vagón del metro. Nunca se hubiera imaginado que el huipil que había decidido usar ese día haría que una mujer se acercara a ella en el corto trayecto entre dos estaciones. Tomoko se aproximó despacio para indagar sobre Isabel, pero a los pocos segundos ya estaban intercambiando frases emocionadas sobre su pasado en común. Al rechinar los frenos sobre los rieles, su nueva amiga se apresuró a extender una tarjeta de presentación con su nombre, su correo y un teléfono: To-mo-ko, le leyó con calma antes de bajar del vagón. Yo di clases en la unam. Escríbeme, quizá pueda llevarte a conocer la ciudad mañana.

         Isabel recorre las avenidas amplias con una seguridad impostada y se cuela entre las diminutas callejuelas impelida por la curiosidad; a cada paso que da se emociona más y más por la imposibilidad de comunicarse: está forzada al silencio y se sorprende disfrutándolo. Estoy en un sitio en donde se desconocen las palabras que me dan sentido; nadie comprende las explicaciones de mi deseo. Por otro lado, ellos podrían rodearme vociferando sus miedos, y lo harían de tal manera que sólo podría sentir respeto. Isabel sonríe y Tomoko, quien camina atrás de ella, ostenta también una sonrisa leve. Se han bajado juntas del metro y caminan por calles que bordean templos adornados con lámparas de papel rojo y tres campanas que suenan al jalar unos cordones gruesos que cuelgan de ellas. Se aplaude, explica Tomoko: Una, dos, tres veces, después se inclina la cabeza, se tiran unas cuantas monedas a las rendijas de madera que están al frente, se inclina la cabeza de nuevo y por fin se jala el cordón: clong, clong, clong, cling, suenan las campanas. Ambas caminan rumbo al mercado en donde Tomoko espera encontrar la comida que preparará al día siguiente para el cumpleaños de su marido, el mismo marido que sabe que la ama porque lo sabe y ya, no porque se lo haya dicho, ni siquiera cuando están juntos, y por juntos quiere decir desnudos y juntos. Él lee el periódico sin mirarme y yo sé que me ama. ¿Y cuando es de noche?, pregunta Isabel un poco apenada por su atrevimiento. Entonces también lo sé, siempre lo sé, pero no recuerdo si me lo ha dicho desde que éramos muy jóvenes. Tras unas cuantas cuadras entran al mercado. Isabel se va quedando atrás distraída por las centenas de cajas de unicel que exponen pescados de todo tipo: muertos, vivos, despedazados, que claman por agua, por ser aniquilados. Algunos se salen de sus cajas y aletean en el piso furiosamente hasta que el propietario del puesto los regresa, no sin antes darles con un mazo de madera en la cabeza. Pareciera que dice: Taz, toma esto, pescado revoltoso, así aprenderás, y mientras revienta en partecitas su cuerpo, está diciéndole a su manera que lo ama. Tomoko camina cada vez más deprisa, dejando atrás a Isabel, que se ha detenido a mirar cómo, frente a ella, pasa el tiempo contenido en centenas de vidas viscosas y mojadas que se revuelcan sobre el estrecho pasillo. Muy cerca, un silencioso molusco trata de huir mientras su dueño mira hacia otro sitio. El pequeño pulpo adelanta la cabeza y, tras ella, va sacando del agua cada uno de sus tentáculos. Al caer casi sin ruido sobre el piso, cruza el pasillo del mercado de tal forma que nadie lo percibe. Sin embargo, su valiente huida será infructuosa; más de dieciocho pasillos lo separan de la salida de este gran mercado de mariscos. Después están los carritos eléctricos que empujan cajas con pescados y cajas vacías; después la calle y el templo Tao y las tiendas y el teatro clásico y después, mucho después, estará el mar que Isabel, quien tanto lo estaba buscando, aún no ha visto.

         Isabel sigue al pulpo con la mirada; sabe que su batalla está perdida. Es testigo de cómo se arrastra esperanzado en una fuga imposible. Urgido por esa sed que quizá no comprenda, el molusco avanza sobre el concreto inmundo, trayendo consigo sus oscuros tentáculos que más que impulsarlo lo lastran. Tomoko, varios puestos adelante, llama a Isabel. Le grita: Ya encontré lo que quería, mientras agita una bolsa de pequeños calamares en el aire. En el momento del grito, el dueño de la tienda, a quien Isabel monitorea atentamente, se percata de la huida. Examina el piso buscando el rastro de su recorrido y se vuelve a mirar a Isabel como quien pregunta algo. Ella alza los hombros y desvía la mirada. Él bufa desesperado. Un segundo grito interrumpe la pobre comunicación. Una mujer muy elegante con peinado alto y abrigo beige siente al pequeño pulpo adherido a sus zapatos verdes de tacón alto. Grita con asco como si el animal pudiese, en un acto de transmutación, agrandarse y extenderse hasta tomar todo su cuerpo. El dueño del puesto corre hacia ella y con un rápido movimiento se lo arranca. Lo toma de la cabeza y lo lleva colgando hasta aventarlo con furia a su caja. Tomoko ha regresado. Isabel mira la escena, mas su amiga no se percata de nada, o más bien no le da importancia.

         ¿Puedo comprar el pulpo?, le pregunta Isabel con señas y el escaso idioma que comparten. Sí, puedes comprar lo que quieras, le contesta Tomoko, pero ¿para qué lo quieres?, ¿sabes cocinarlo? No, quiero regresarlo al mar. Tomoko frunce el ceño y después sonríe segura de que es una broma, pero señalando al animal, le pide al dueño del local que lo prepare. Isabel le explica con señas que no le azoten nada en la cabeza, que se lo den así, en una bolsita con agua. Ambas salen del mercado esquivando los carritos motorizados, cuyos conductores tocan el claxon exigiendo que se quiten del paso. Tomoko lleva una bolsa de calamares que mueren lentamente en el camino, e Isabel carga una mancha parda que se agita en una pequeña bolsa de plástico llena de agua. Siente que ha comprado un pequeño monstruo marino. Tomoko la mira asombrada pero no pregunta, quizá porque entiende que no hay nada que explicar.

         La luna, a estas horas, está tomada. Letreros y caligramas de luz neón le gritan a Isabel, todos al mismo tiempo. La gente surge aún más blanca de los umbrales; blanquísima azulada. Contrastan con la oscuridad de la noche; parece que no tienen edad. Llevan el cabello del color de un lago nocturno y sobre él mi mirada resbala sin asideros. Ojos de almendra observan a Isabel y a su pulpo. La miran extrañados por el ser que carga dentro de esa bolsa que se agita entre sus brazos, mas pronto desvían la mirada incómodos cuando se percatan de que ella escruta cada detalle de vuelta, disfrutando su belleza tan elegante, su andar liviano. Seres que pasean a sus críos espeluznantemente perfectos, a quienes quizá nunca les dirán que los aman. Dos ranuritas negras que parecen decir “no te creo” y una boquita rosa alzada hacia el cielo en un solemne puchero. Esos pequeños seres me miran con ojos de hambre y yo quiero robarme uno. Isabel toma la bolsa con fuerza; su prisionero se agita emocionado por la visión de la primavera. Juntos descienden al metro dispuestos a volver a casa.

         Tomoko mira a Isabel y la bolsa inestable que sostiene con cuidado frente a su pecho; sonríe y, con calma, entre la multitud a punto de abordar el vagón, le dice que los sakuras florecen una o dos semanas al año, eso es todo; son tan hermosos que no podrían durar más, como la vida. Mono no aware; quizá en unos años puedas sentirlo.

         Me toma por sorpresa la congoja, siento un leve mareo, una debilidad en mis piernas, pero enseguida soy despertada del sopor por cientos de personas que en silencio me empujan hacia la puerta abierta y me obligan a abordar. Protejo entre mis brazos a Tomás, el pulpo a quien ya le di nombre. Tomás, susurro, y sonrío con calidez en mi pecho. Ahora mis recuerdos podrán adherirse a algo. Quizá al Hombre de Negro también tengo que darle un nombre para que exista.

         Hay un silencio en el vagón que no se repite en ninguna ciudad del mundo. Isabel protege a Tomás mientras mira el suelo. Siente la mirada de Tomoko posarse sobre ella como una palma abierta, pero no sube la vista. Permite que el movimiento de la gente, al entrar o descender del vagón, la lleve de un lado al otro sin oponer resistencia. Levanta la vista atraída por unos pequeños gritos. Varios pasajeros son desplazados por la única mujer gorda que ha visto desde que llegó a ese sitio; como un martillo de demolición, pasa a su lado balanceando su peso en dos piernas cortas. Adelanta bolsa y brazos, pero al querer introducir el resto del cuerpo para avanzar por el pasillo central, empuja a Isabel con sus blandas caderas, la hace tambalear, la obliga a reconquistar el equilibrio. Isabel se aferra al tubo que está a la altura de su frente. Con la otra mano aprieta contra su abdomen la bolsa que contiene a Tomás. Puede sentirlo golpear su cuerpo; cierra los ojos.

         Imagino el lugar en el cual podré liberarte de este encierro de personas y plástico. Con intención, recorro mis recuerdos de calles y plazas pensando en un sitio que te regrese a tu anhelado mar; recuerdo el paseo en tren a Enoshima, sus calles y el camino a contraviento para llegar al muelle y sus puestos de pulpo frito aplanado con planchas que lo dejan como papel. No me parece que sea el sitio más seguro, pero no tengo mucho tiempo y decido que ahí te reencontrarás con el mar. El vagón frena inesperadamente antes de que haya terminado de esbozar mi sonrisa.

         Isabel tensa las piernas y aprieta la bolsa contra su cuerpo. Alcanza a distinguir apenas unos metros atrás, cómo entre la muchedumbre se contonea aquella mujer con el claro objetivo de salir primero. Cuando el vagón, con un pequeño brinco, se detiene por completo, pierde el equilibrio y avanza con prisa golpeando a una, dos, tres personas. Isabel es la última en ser embestida y el impacto es tal que la derriba. Yo no quería soltarte, pero tenía que proteger mi rostro. ¿En dónde estás? Con los brazos extendidos a ambos lados, Isabel empuja a quienes la rodean. Mueve la cabeza de un lado a otro, se toma las orejas, el cuello, se agacha hasta tocar el suelo con ambas manos. Los pasajeros, molestos, levantan los pies en una danza de idiotas. Isabel se levanta y se apresura hacia la puerta para bloquearla, pero es lanzada hacia un lado por la muchedumbre indiferente que se apresura a salir. De nuevo, en cuatro patas, busca a Tomás bajo los asientos, entre el caos de cestos y piernas blancas. ¿En dónde estás?, parecen decir sus cejas arqueadas cuando levanta la vista hacia Tomoko, quien la mira confundida y un tanto asustada al intuir lo que pasará. Un silbido largo hace constatar que esta es la parada final. Los pasajeros que aún están adentro se agitan y caminan hacia la salida bajo el entendido de que todos deben abandonar el vagón. Isabel vuelve a ver a Tomoko implorando ayuda. El vagón ha quedado desierto; callado. Está Isabel, está Tomoko, y ahora que todos han descendido, se alcanza a ver sin dificultad bajo el asiento frente a ellas, los restos de una bolsa de plástico y un derrame viscoso de agua y tinta. Isabel no dice nada. Se gira hacia Tomoko y después hacia el frente. Puede ver su rostro reflejado en la ventana oscurecida. Nada: aprieta la quijada, traga saliva, tensa el cuerpo y mira hacia el frente sin parpadear como si estuviera preparándose para un salto de altura. Por primera vez en el día, Tomoko toma su mano y con suavidad la jala hacia afuera del vagón. Vamos, Isabel, vamos, que si no, cierran las puertas y hay que esperar a que dé toda la vuelta. Vamos, susurra Isabel asintiendo lentamente con la cabeza. ¿Tú sabes cómo nadan los pulpos en mar abierto?

Miro a las personas que caminan descalzas o sobre zapatos altísimos a la orilla del mar. Emanan un aire de merecimiento que yo no puedo siquiera imitar. Me pregunto qué esconden entre tantos pliegues de elegancia, en dónde encuentran esa inspiración tan honorable. Tomoko me pregunta qué escondemos nosotros ante tanto alarde público, entre nuestras danzas y exhibiciones de afecto.

Isabel conoció a Tomoko en un vagón del metro. Nunca se hubiera imaginado que el huipil que había decidido usar ese día haría que una mujer se acercara a ella en el corto trayecto entre dos estaciones. Tomoko se aproximó despacio para indagar sobre Isabel, pero a los pocos segundos ya estaban intercambiando frases emocionadas sobre su pasado en común. Al rechinar los frenos sobre los rieles, su nueva amiga se apresuró a extender una tarjeta de presentación con su nombre, su correo y un teléfono: To-mo-ko, le leyó con calma antes de bajar del vagón. Yo di clases en la unam. Escríbeme, quizá pueda llevarte a conocer la ciudad mañana.

Isabel recorre las avenidas amplias con una seguridad impostada y se cuela entre las diminutas callejuelas impelida por la curiosidad; a cada paso que da se emociona más y más por la imposibilidad de comunicarse: está forzada al silencio y se sorprende disfrutándolo. Estoy en un sitio en donde se desconocen las palabras que me dan sentido; nadie comprende las explicaciones de mi deseo. Por otro lado, ellos podrían rodearme vociferando sus miedos, y lo harían de tal manera que sólo podría sentir respeto. Isabel sonríe y Tomoko, quien camina atrás de ella, ostenta también una sonrisa leve. Se han bajado juntas del metro y caminan por calles que bordean templos adornados con lámparas de papel rojo y tres campanas que suenan al jalar unos cordones gruesos que cuelgan de ellas. Se aplaude, explica Tomoko: Una, dos, tres veces, después se inclina la cabeza, se tiran unas cuantas monedas a las rendijas de madera que están al frente, se inclina la cabeza de nuevo y por fin se jala el cordón: clong, clong, clong, cling, suenan las campanas. Ambas caminan rumbo al mercado en donde Tomoko espera encontrar la comida que preparará al día siguiente para el cumpleaños de su marido, el mismo marido que sabe que la ama porque lo sabe y ya, no porque se lo haya dicho, ni siquiera cuando están juntos, y por juntos quiere decir desnudos y juntos. Él lee el periódico sin mirarme y yo sé que me ama. ¿Y cuando es de noche?, pregunta Isabel un poco apenada por su atrevimiento. Entonces también lo sé, siempre lo sé, pero no recuerdo si me lo ha dicho desde que éramos muy jóvenes. Tras unas cuantas cuadras entran al mercado. Isabel se va quedando atrás distraída por las centenas de cajas de unicel que exponen pescados de todo tipo: muertos, vivos, despedazados, que claman por agua, por ser aniquilados. Algunos se salen de sus cajas y aletean en el piso furiosamente hasta que el propietario del puesto los regresa, no sin antes darles con un mazo de madera en la cabeza. Pareciera que dice: Taz, toma esto, pescado revoltoso, así aprenderás, y mientras revienta en partecitas su cuerpo, está diciéndole a su manera que lo ama. Tomoko camina cada vez más deprisa, dejando atrás a Isabel, que se ha detenido a mirar cómo, frente a ella, pasa el tiempo contenido en centenas de vidas viscosas y mojadas que se revuelcan sobre el estrecho pasillo. Muy cerca, un silencioso molusco trata de huir mientras su dueño mira hacia otro sitio. El pequeño pulpo adelanta la cabeza y, tras ella, va sacando del agua cada uno de sus tentáculos. Al caer casi sin ruido sobre el piso, cruza el pasillo del mercado de tal forma que nadie lo percibe. Sin embargo, su valiente huida será infructuosa; más de dieciocho pasillos lo separan de la salida de este gran mercado de mariscos. Después están los carritos eléctricos que empujan cajas con pescados y cajas vacías; después la calle y el templo Tao y las tiendas y el teatro clásico y después, mucho después, estará el mar que Isabel, quien tanto lo estaba buscando, aún no ha visto.

Isabel sigue al pulpo con la mirada; sabe que su batalla está perdida. Es testigo de cómo se arrastra esperanzado en una fuga imposible. Urgido por esa sed que quizá no comprenda, el molusco avanza sobre el concreto inmundo, trayendo consigo sus oscuros tentáculos que más que impulsarlo lo lastran. Tomoko, varios puestos adelante, llama a Isabel. Le grita: Ya encontré lo que quería, mientras agita una bolsa de pequeños calamares en el aire. En el momento del grito, el dueño de la tienda, a quien Isabel monitorea atentamente, se percata de la huida. Examina el piso buscando el rastro de su recorrido y se vuelve a mirar a Isabel como quien pregunta algo. Ella alza los hombros y desvía la mirada. Él bufa desesperado. Un segundo grito interrumpe la pobre comunicación. Una mujer muy elegante con peinado alto y abrigo beige siente al pequeño pulpo adherido a sus zapatos verdes de tacón alto. Grita con asco como si el animal pudiese, en un acto de transmutación, agrandarse y extenderse hasta tomar todo su cuerpo. El dueño del puesto corre hacia ella y con un rápido movimiento se lo arranca. Lo toma de la cabeza y lo lleva colgando hasta aventarlo con furia a su caja. Tomoko ha regresado. Isabel mira la escena, mas su amiga no se percata de nada, o más bien no le da importancia.

¿Puedo comprar el pulpo?, le pregunta Isabel con señas y el escaso idioma que comparten. Sí, puedes comprar lo que quieras, le contesta Tomoko, pero ¿para qué lo quieres?, ¿sabes cocinarlo? No, quiero regresarlo al mar. Tomoko frunce el ceño y después sonríe segura de que es una broma, pero señalando al animal, le pide al dueño del local que lo prepare. Isabel le explica con señas que no le azoten nada en la cabeza, que se lo den así, en una bolsita con agua. Ambas salen del mercado esquivando los carritos motorizados, cuyos conductores tocan el claxon exigiendo que se quiten del paso. Tomoko lleva una bolsa de calamares que mueren lentamente en el camino, e Isabel carga una mancha parda que se agita en una pequeña bolsa de plástico llena de agua. Siente que ha comprado un pequeño monstruo marino. Tomoko la mira asombrada pero no pregunta, quizá porque entiende que no hay nada que explicar.

La luna, a estas horas, está tomada. Letreros y caligramas de luz neón le gritan a Isabel, todos al mismo tiempo. La gente surge aún más blanca de los umbrales; blanquísima azulada. Contrastan con la oscuridad de la noche; parece que no tienen edad. Llevan el cabello del color de un lago nocturno y sobre él mi mirada resbala sin asideros. Ojos de almendra observan a Isabel y a su pulpo. La miran extrañados por el ser que carga dentro de esa bolsa que se agita entre sus brazos, mas pronto desvían la mirada incómodos cuando se percatan de que ella escruta cada detalle de vuelta, disfrutando su belleza tan elegante, su andar liviano. Seres que pasean a sus críos espeluznantemente perfectos, a quienes quizá nunca les dirán que los aman. Dos ranuritas negras que parecen decir “no te creo” y una boquita rosa alzada hacia el cielo en un solemne puchero. Esos pequeños seres me miran con ojos de hambre y yo quiero robarme uno. Isabel toma la bolsa con fuerza; su prisionero se agita emocionado por la visión de la primavera. Juntos descienden al metro dispuestos a volver a casa.

Tomoko mira a Isabel y la bolsa inestable que sostiene con cuidado frente a su pecho; sonríe y, con calma, entre la multitud a punto de abordar el vagón, le dice que los sakuras florecen una o dos semanas al año, eso es todo; son tan hermosos que no podrían durar más, como la vida. Mono no aware; quizá en unos años puedas sentirlo.

Me toma por sorpresa la congoja, siento un leve mareo, una debilidad en mis piernas, pero enseguida soy despertada del sopor por cientos de personas que en silencio me empujan hacia la puerta abierta y me obligan a abordar. Protejo entre mis brazos a Tomás, el pulpo a quien ya le di nombre. Tomás, susurro, y sonrío con calidez en mi pecho. Ahora mis recuerdos podrán adherirse a algo. Quizá al Hombre de Negro también tengo que darle un nombre para que exista.

Hay un silencio en el vagón que no se repite en ninguna ciudad del mundo. Isabel protege a Tomás mientras mira el suelo. Siente la mirada de Tomoko posarse sobre ella como una palma abierta, pero no sube la vista. Permite que el movimiento de la gente, al entrar o descender del vagón, la lleve de un lado al otro sin oponer resistencia. Levanta la vista atraída por unos pequeños gritos. Varios pasajeros son desplazados por la única mujer gorda que ha visto desde que llegó a ese sitio; como un martillo de demolición, pasa a su lado balanceando su peso en dos piernas cortas. Adelanta bolsa y brazos, pero al querer introducir el resto del cuerpo para avanzar por el pasillo central, empuja a Isabel con sus blandas caderas, la hace tambalear, la obliga a reconquistar el equilibrio. Isabel se aferra al tubo que está a la altura de su frente. Con la otra mano aprieta contra su abdomen la bolsa que contiene a Tomás. Puede sentirlo golpear su cuerpo; cierra los ojos.

Imagino el lugar en el cual podré liberarte de este encierro de personas y plástico. Con intención, recorro mis recuerdos de calles y plazas pensando en un sitio que te regrese a tu anhelado mar; recuerdo el paseo en tren a Enoshima, sus calles y el camino a contraviento para llegar al muelle y sus puestos de pulpo frito aplanado con planchas que lo dejan como papel. No me parece que sea el sitio más seguro, pero no tengo mucho tiempo y decido que ahí te reencontrarás con el mar. El vagón frena inesperadamente antes de que haya terminado de esbozar mi sonrisa.

Isabel tensa las piernas y aprieta la bolsa contra su cuerpo. Alcanza a distinguir apenas unos metros atrás, cómo entre la muchedumbre se contonea aquella mujer con el claro objetivo de salir primero. Cuando el vagón, con un pequeño brinco, se detiene por completo, pierde el equilibrio y avanza con prisa golpeando a una, dos, tres personas. Isabel es la última en ser embestida y el impacto es tal que la derriba. Yo no quería soltarte, pero tenía que proteger mi rostro. ¿En dónde estás? Con los brazos extendidos a ambos lados, Isabel empuja a quienes la rodean. Mueve la cabeza de un lado a otro, se toma las orejas, el cuello, se agacha hasta tocar el suelo con ambas manos. Los pasajeros, molestos, levantan los pies en una danza de idiotas. Isabel se levanta y se apresura hacia la puerta para bloquearla, pero es lanzada hacia un lado por la muchedumbre indiferente que se apresura a salir. De nuevo, en cuatro patas, busca a Tomás bajo los asientos, entre el caos de cestos y piernas blancas. ¿En dónde estás?, parecen decir sus cejas arqueadas cuando levanta la vista hacia Tomoko, quien la mira confundida y un tanto asustada al intuir lo que pasará. Un silbido largo hace constatar que esta es la parada final. Los pasajeros que aún están adentro se agitan y caminan hacia la salida bajo el entendido de que todos deben abandonar el vagón. Isabel vuelve a ver a Tomoko implorando ayuda. El vagón ha quedado desierto; callado. Está Isabel, está Tomoko, y ahora que todos han descendido, se alcanza a ver sin dificultad bajo el asiento frente a ellas, los restos de una bolsa de plástico y un derrame viscoso de agua y tinta. Isabel no dice nada. Se gira hacia Tomoko y después hacia el frente. Puede ver su rostro reflejado en la ventana oscurecida. Nada: aprieta la quijada, traga saliva, tensa el cuerpo y mira hacia el frente sin parpadear como si estuviera preparándose para un salto de altura. Por primera vez en el día, Tomoko toma su mano y con suavidad la jala hacia afuera del vagón. Vamos, Isabel, vamos, que si no, cierran las puertas y hay que esperar a que dé toda la vuelta. Vamos, susurra Isabel asintiendo lentamente con la cabeza. ¿Tú sabes cómo nadan los pulpos en mar abierto?

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