Apareció a mitad de la noche. Yo estaba dormida, pero me desperté por todos los mensajes que me llegaron al celular. Al principio, pensé que era una broma, pues la imagen parecía editada con Photoshop o una de ésas que te encuentras en las redes sociales, pero en cuanto me asomé por la ventana, comprobé que era cierto… Había un ojo en el cielo.
Se veía como una formación nubosa y brillante, con estructuras parecidas a arcos y nudos que rodeaban una estrella roja en el centro, como si fuera una pupila; desde esa perspectiva, sí tenía forma de ojo. Aun con la ventisca nocturna, no se movía ni se deformaba; daba la impresión de que se encontraba muy lejos de la Tierra y, al mismo tiempo, muy cerca.
De inmediato me puse las pantuflas y un suéter que agarré de mi canasta de ropa sucia. Salí de mi habitación y me encontré con que toda la familia ya estaba en el patio trasero. No éramos los únicos afuera. Los vecinos contemplaban aquello desde la calle o las ventanas de sus casas; algunos observaban con binoculares desde el techo.
—Pero ¿qué es eso? —pensé en voz alta.
—Nubes, ¿qué más va a ser, Mari? —contestó papá, moviendo su silla de ruedas hacia nosotros.
Me dio gusto ver que papá había salido de la casa, porque se la pasaba encerrado desde que perdió la pierna meses atrás. Sin embargo, seguía igual de apático.
—Qué bueno que saliste —le dije, ayudándolo con su silla.
—Sólo porque tu madre y tu hermano no dejaban de hacer escándalo —dijo en pleno bostezo—. ¿Para esto me despertaron?
Mamá hablaba por teléfono con mi tía y le preguntaba si ella también lo veía desde su casa. Usaba ese tonito de voz agudo que hacía que me doliera la cabeza después de un rato, como si le estuviera contando algún chisme. Joel transmitía en vivo y hacía chistes acerca de la situación. Nunca miró al ojo en el cielo, sólo la pantalla de su celular.
—Parece que se ve en todo el mundo —agregó Joel—. Hasta en países donde es de día se puede ver igual que aquí.
Me sorprendió cómo reaccionaron en el vecindario; la mayoría sólo tomaba fotos y videos y luego se metían a sus casas o seguían su camino.
Miré el cielo, buscándole cuanta explicación se me ocurría en el momento: no era un avión ni tampoco un satélite o un cohete. Quizás era una estrella, pero eso no resolvía la forma que tenía. Por un momento, intercambiamos “miradas”, por así decirlo. Me sentí observada desde allá arriba, y un escalofrío me recorrió de punta a punta. Sentí que me seguía adonde me moviera. Sin darme cuenta, retrocedí un paso y me temblaron las piernas, como si estuviera lista para salir corriendo.
—Mejor volvamos adentro.
Aproveché la excusa de que papá volvió a quejarse de sueño para regresar a la casa. Intenté llevarlo, pero él me lo impidió, aun cuando todavía no podía hacerlo bien por sí mismo. A los minutos, mamá y Joel también entraron. Me costó trabajo tranquilizar la repentina ansiedad que me espantó el sueño un par de horas. Al final, logré quedarme dormida, con la esperanza de que al día siguiente todo volvería a la normalidad.
Nada volvió a ser normal. De otra cosa no se hablaba más que del extraño fenómeno. En la preparatoria, el tema no paraba de salir de la boca de todos, hasta de los maestros. Muchos decidieron no mandar a sus hijos a la escuela luego de que a alguien en internet se le ocurriera decir que el ojo en el cielo era radioactivo y daba cáncer. Desde mi perspectiva, la situación dejaba salir la verdadera naturaleza de la gente, incluida mi familia. Joel vio esto como su perfecta oportunidad para convertirse en la celebridad de redes sociales que siempre quiso ser. Entrevistaba en vivo a sus compañeros de salón y a cuanto estudiante se le atravesara en los pasillos. Nunca soltaba el teléfono, ni cuando me saludaba le podía ver la cara completa. Mamá era demasiado crédula con lo que le decían sus amigas o hermanas; fue una de las que se creyeron lo del cáncer, por lo que Joel y yo nos quedamos en casa unos días hasta que la convencimos de dejarnos salir otra vez.
Papá era el único que seguía con su vida normal, o bueno, lo que consideraba normal desde que perdió la pierna. Se accidentó mientras conducía de camino al trabajo; llovía mucho, pero él siempre fue un hombre responsable. Me habría gustado que ese día se quedara en casa como se lo aconsejó mamá. Él sobrevivió, pero extrañaba al hombre que solía ser antes del incidente. Ya no sonreía ni volteaba a ver a nadie, ni siquiera a nosotros. El doctor dijo que fuéramos pacientes, pero a la fecha no mejoraba su estado de ánimo. Por eso no me sorprendía que su cabeza estuviera más metida en su depresión que en el asunto del ojo. Casi todo el tiempo se aislaba de nosotros o se la pasaba dormido, debido a los ansiolíticos que le recetaron.
En cuanto a mí, llevaba la situación un día a la vez. Incluso caminar a la escuela se convirtió en una travesía. Hasta llegué a ponerme la mochila sobre la cabeza, como si estuviera cubriéndome para que el ojo no me viera. Cada vez que lo veía o sentía que me miraba, regresaba esa horrorosa sensación que tuve en un principio. Me costaba trabajo fingir normalidad y no verme como una perdedora o paranoica en frente de los demás.
Lo peor es que seguía sin haber una explicación oficial del asunto. La nasa aseguró que no se trataba de ningún satélite u objeto celestial. Entrevistaban a eruditos del mundo en los canales de noticias, y aunque casi todos tenían sus teorías de lo que pasaba y concordaban en que se trataba de una nebulosa Ojo de gato, no respondían a cómo apareció en nuestro sistema solar de un día para otro.
Me crispaban los nervios, y era peor ver la histeria —y estupidez— de la gente a mi alrededor. Incluso me cayeron mal los comentarios y reacciones de mis amigos y mi hermano. Por más que intentaba divertirme o bromear con esto, no podía… Tenía mucho miedo y no quería que nadie lo notara.
—¿Podrías dejar de grabarme con esa cosa? —le dije a Joel mientras me apartaba del teléfono y aceleraba el paso por el pasillo de la escuela.
—Oye, vas a espantar a mis seguidores con esa cara —me respondió, acercándome más el celular—. Tienes una espinilla igualita al ojo en el cielo.
—¿¡Quieres parar!? ¿Cómo es que no te preocupa? No deberías bromear con eso, y menos hacer chistes.
Joel tardó en contestar. Tenía la mirada clavada en su maldita pantalla, leyendo comentarios de desconocidos. Miré alrededor; todos en el jardín de la escuela traían sus celulares en la mano, grababan el ojo y se tomaban fotos. Parecían hipnotizados con la presencia de aquel extraño fenómeno. No había sentido de urgencia; se habían acostumbrado a él. En cuestión de unos pocos días, el mundo había vuelto a su rutina y surgieron cientos de influencers y famosos que publicaban videos sobre el tema, sin ser expertos en la materia.
—Un seguidor dijo que sí se parece al ojo —se rio Joel, alejándose de mí y salvándose así de un buen golpe de mi parte—. ¡No se pierdan mi transmisión en vivo esta noche con el Ojo de Dios!
El Ojo de Dios. Así lo empezaron a llamar en todas partes, hasta en las noticias. No sé a quién se le ocurrió la idea, pero le dio entrada a los religiosos para asegurar que era una señal divina. Muchas veces me tocó ver a algunos locos predicando en la calle. Una señora con falda hasta los tobillos, peinado de abuelita y megáfono en mano me gritó que Dios nos miraba y que pronto sería el juicio final, y quién sabe qué más. Le saqué la vuelta lo mejor que pude, tanto a ella como a las veinte o treinta personas que aplaudían y la escuchaban al borde de las lágrimas. De todo lo que me habían dicho sobre el ojo, eso era lo más ridículo, y no pensé que volvería a oírlo al llegar a casa.
—Sí, debe ser Dios —comentó mamá esa tarde que ambas pelábamos papas para la cena.
—¿Cómo? ¿Tú también lo crees?
—¿Por qué no, Mari? Dios es la explicación a todo.
Siempre he sido una persona escéptica, así que el hecho de que me dijeran que eso era “obra y gracia” de quién sabe qué no tenía sentido para mí.
—No lo creo. —Terminé de pelar las papas y empecé a cortarlas—. Apuesto a que es un fenómeno astronómico, algo que nadie había descubierto.
—¿No has visto los videos en redes? Hay gente que dice que están ocurriéndoles cosas buenas desde que apareció el Ojo de Dios.
—Ah, entonces tú también lo llamas así. Por cierto, no creas todo lo que ves en internet.
—Ay, hija. No sé cómo tú y tu padre pueden vivir así, sin creer en nada. Apenas tienes dieciséis y ya estás muy amargada. De todos modos, rezaré por ti.
Irónicamente, me dio la espalda al decírmelo, y hasta me arrebató la tabla de picar. Suspiré fastidiada, aparté las cortinas de la ventana y me asomé al cielo del atardecer. Ahí seguía esa “cosa”, mirándonos, encontrándose con todos los telescopios y celulares que lo grababan desde distintas partes del mundo. También se encontró conmigo.
—¿Qué eres? ¿Qué es lo que harás?
Una mañana, pasado el primer mes de la aparición del Ojo de Dios, me despertó un grito de papá.
—¡Mi pierna!
Salté de la cama, con el corazón casi saliéndose de mi cuerpo. Creí que papá se había caído o que había tenido otra pesadilla del accidente. Aún atontada por levantarme de golpe, corrí hasta el cuarto de mis padres. Joel me alcanzó a la mitad del pasillo y casi tira la puerta de la habitación.
—¡Papá! ¿Estás b…? —pregunté apenas entramos al cuarto, aunque no pude terminar la frase.
Papá estaba saltando con sus piernas… sí, ambas piernas…
La que perdió le había vuelto a crecer. No sentía dolor ni nada parecido, sus gritos eran de alegría. Mamá lloraba conmovida, mientras él no paraba de brincar de un lado a otro.
—¡Mi pierna! ¡Volvió mi pierna! —exclamó antes de acercarse a nosotros y darnos un fuerte abrazo.
Su extremidad no tenía vello y su piel tenía una tonalidad ligeramente rosada, más clara que en el resto de su cuerpo. Me acerqué para tocarla y la sentí tersa y algo cálida, como si la hubiera sumergido en agua muy caliente.
—¡Es un milagro, mi amor! —Mamá se persignó.
—Pero ¿cómo? ¿Qué pasó, papá?
—No lo sé. Sólo creció otra vez.
—Anoche creí haberte oído gemir, como si te doliera algo —le dijo mamá a papá—. Intenté despertarte, pero no pude.
—Debe ser por la medicina, prácticamente te noquea —comenté—. Pero lo que no se explica es cómo te creció la pierna. Es imposible.
—¡Fue el ojo! —agregó Joel—. ¡El Ojo de Dios!
Salió del cuarto como relámpago y en un suspiro estaba de regreso, pero ahora con su celular en la mano.
—No, no. ¿En serio crees que el ojo hizo esto?
—Mari, no seas ingrata —me regañó mamá—. Estamos ante un milagro y tú sales con esas cosas.
—¡Estoy de pie! ¡Mírenme! ¡De pie!
Papá no fue el único en recibir un “milagro”. Joel descubrió más videos de gente que aseguró haberse curado de alguna enfermedad o dolencia de la noche a la mañana. Había personas postradas que se levantaron por primera vez en años, los tumores de los enfermos de cáncer desaparecieron de la nada y personas como papá recuperaron partes del cuerpo amputadas. La situación escaló a tal grado que el sentido común y la lógica ya no podían explicar nada. ¿En serio estábamos ante un fenómeno divino o mágico? Quizás. Ni yo me atrevía a negarlo.
A partir de entonces, fue un punto sin retorno. El Vaticano reconoció que aquello era obra de su Dios, aunque el Gran Rabinato de Israel y otros líderes religiosos hicieron lo mismo. Las iglesias se abarrotaron con nuevos fieles; la gente se aglomeraba en las calles para rezar y pedir más milagros, que se cumplían al amanecer, como si de Santa Claus se tratara. Las peticiones variaban, desde solucionar problemas económicos hasta encontrar pareja. Lo que desearan se hacía realidad.
Por todas partes parecía reinar el clásico “vivieron felices para siempre” de los cuentos de hadas. Todos tenían lo que querían, excepto yo. No me atrevía a pedir nada, ni un vaso con agua. Y claro que me daba gusto por mi papá; de hecho, poco a poco retomaba su actitud de antes: sonriente, optimista, y me llenaba el corazón que de nuevo cruzara miradas conmigo y con los demás. Pero no dejaba de preocuparme, porque lo sentía como una falsa felicidad, una ilusión que escondía algo más. Hasta Dios condiciona sus milagros, o eso es lo que tenía entendido.
Dediqué una tarde en la computadora a investigar cómo las deidades de distintas religiones realizaban sus milagros. Jesús, Alá, Yahveh… no eran tan distintos unos de otros. Se regían por la misma ideología de enseñar a sus feligreses a hacer el bien a cambio de una recompensa: el paraíso, la iluminación, la reencarnación. Ninguno concedía milagros masivos como hacía el ojo en el cielo, y menos sin pedir alguna retribución o pago por ello.
Intenté hablarlo con mi familia, pero siempre acababa en el mismo resultado.
—¿Por qué siempre debes buscarle un pero a todo, Mari? — me dijo mamá.
Me senté en la sala con ella y le mostré los videos de lo que pasaba en el mundo. Sí, mamá ya había visto varios de ellos, pero intenté que lo hiciera desde otra perspectiva.
—¿Qué crees que vaya a pasar ahora? ¿Y si ese ojo quiere algo de nosotros?
—Pues no es para menos, hija. Debemos agradecer a Dios todos los milagros.
—¿No te has preguntado el precio que tendremos que pagar?
—Un mundo sin dolor ni enfermedades vale cualquier precio, hija. Y en todo caso, Dios sólo pide nuestro amor incondicional.
—Lo mejor es ya no pedir deseos, porque no creo que lo que está allá arriba nos pida “amor incondicional”.
—Mejor no blasfemes o lo harás enojar.
—Es un ojo, mamá, no tiene oídos para escucharme, ¿o sí?
Me clavó una mirada tan fría que me recorrió hasta formar un nudo en mi garganta. Pocas veces vi a mamá enojarse en serio, y ahora me veía como si le acabara de decir la peor de las ofensas. Antes podíamos debatir estos temas sin problema, pero ahora cuestionar al ojo era motivo suficiente para recibir la ley del hielo de mi familia por casi tres días. Todo rayaba en lo extremo, hasta el fanatismo. Me llamaron ingrata por el milagro de papá.
Al cabo de un par de días, comencé a sentirme presionada a pedir un deseo. A diario, mamá me lo insinuaba, aunque en realidad era muy obvia. Decía que toda la familia se había unido gracias a la misericordia de Dios y yo era la única que se excluía. No quería aceptarlo, pero en un punto me cuestioné si no era yo quien se equivocaba.
—Te siento tan alejada, Mari —me confrontó mamá en mi habitación—. Si te dieras la oportunidad…
—Es que me da miedo, mamá.
—¿Miedo después de que tu padre recuperó la pierna?
—De acuerdo, admito que eso sí fue algo muy bueno.
—¿Y aun así dudas? Siempre has sido de llevar la contraria, ¿no estás cansada de eso? Ojalá pudieras compartir lo que nosotros, que te integraras.
—Lo voy a pensar. —Sonreí en un intento por convencerla; ella apenas correspondió el gesto y se fue, dejándome sola.
Esa noche no concilié el sueño fácilmente. Tal vez sólo debí dejarme llevar por la corriente y que se diera lo que tenía que pasar. En el fondo, lo único que quería era que todo volviese a la normalidad. Sí, eso deseaba… que todo terminara de una vez. Abrí las persianas de mi cuarto y me asomé por la ventana para mirar el cielo. Ahí estaba de nuevo, el Ojo de Dios me observaba. La ansiedad se hizo presente, el sentimiento de que algo o alguien iba a atacarme, de que me veía un ser invisible y todopoderoso que ignoraba lo que planeaba hacer conmigo. No quería, pero algo me empujó, una fuerza inexplicable que me obligaba a pedir un deseo, aun en contra de mi lógica y razón. Me sentí poseída, ajena a mi voluntad, y al mismo tiempo sabiendo que iba a suceder de todos modos. Cedí a la tentación. Tomé aire y esperé unos segundos para, por fin, hablar.
—Quiero que esto se termine.
El estruendo de un accidente automovilístico me sorprendió al día siguiente. Estaba en mi casa desayunando con mi familia y escuchamos el ruido de afuera. Salimos para descubrir que acababan de atropellar a una vecina. De acuerdo con el conductor, ella se le atravesó y se quedó parada en medio de la calle sin dejar de mirar al cielo. Según escuché, estaba sonriendo; de hecho, seguía haciéndolo aún después de muerta. Sus ojos sin vida parecían buscar algo desde la lejanía de la muerte. Alcé la vista al Ojo de Dios… y me pareció ligeramente más grande de lo que recordaba, más enigmático e hipnotizante.
Después siguió el director de mi escuela. Precisamente ese día lo encontraron mirando al cielo, con una gran sonrisa, y de pie en la explanada principal. Por más que lo movían, regresaba al mismo lugar. Le hablaban y no respondía, parecía hipnotizado por el cielo… pero feliz, tenebrosamente feliz. De vuelta a casa fue lo mismo, siete personas en la calle o en sus jardines que veían al cielo, con sonrisas de oreja a oreja. Algunos fueron trasladados al hospital, y caminaban como sonámbulos hasta los jardines o las calles.
Era como una epidemia. Comenzó con unos pocos y al paso de los días eran cientos. Muertos sin morir, miraban sin ver, perdidos en sí mismos. No comían, no bebían, incapaces de vivir por cuenta propia. Los servicios médicos colapsaron por la cantidad de personas que llegaban en ese estado o provocaban accidentes.
En todos lados fue lo mismo, o al menos eso reportaban los medios. Vi un video de un piloto y su copiloto que quedaron en trance en pleno vuelo y se estrellaron contra un edificio. Cada vez eran más quienes acababan en esa situación. Sí, ahora “Dios” cobraba sus milagros… incluso el mío.
La cuarentena fue casi inmediata. No teníamos idea de cómo se “contagiaba”, si por el aire o sólo mirando al cielo. Nadie lo sabía, y el confinamiento fue lo único que se nos ocurrió hacer. En casa pensamos que con cerrar las persianas y cortinas sería más que suficiente, pero no fue así. Descubrimos nuestro error cuando perdimos a Joel. Cuando despertamos, lo encontramos en el patio grabando con el celular el Ojo de Dios. Mamá lo llamó para que entrara a desayunar, pero no nos hizo caso. Su grito me desgarró en lo más profundo.
—¡Joel! ¡Mírame! —gritó tomándolo de las mejillas—. ¡Mírame a mí, no al cielo! ¡Joel!
Papá llamó a una ambulancia, pero no llegaba. Qué irónico que Joel no soltara el teléfono. Creo que nunca se lo dije, pero tenía una bonita sonrisa… No debí pedir ese maldito deseo.
Lo metimos de nuevo a la casa y papá lo amarró a una silla para que no intentara salir. Alumbramos sus ojos con una linterna y nada, ni siquiera un parpadeo. Volvimos a llamar a la ambulancia, en vano; probablemente porque las calles estaban llenas de gente que miraban el cielo. Busqué desesperada en el teléfono a algún médico que revisara a mi hermano, pero lo único que encontré fue un video que me tensó cada músculo del cuerpo.
Era una doctora que transmitía desde su casa. Tenía el maquillaje corrido y se veía desaliñada y nerviosa. Le temblaban las manos y los sollozos le entrecortaban el habla. Tuvo que tomarse unos segundos para calmarse, antes de dirigirse a la cámara.
—No miren el ojo —comenzó a decir con firmeza—. Mi compañero acaba de entrar en estado cataléptico por contemplarlo demasiado tiempo. Hicimos una prueba debido al notable aumento de tamaño del llamado Ojo de Dios. Mi compañero estuvo consciente unos pocos minutos, pero paulatinamente perdió el habla y los demás sentidos. Hasta no encontrar la causa científica de esto, aconsejo no salir de casa ni mirar al exterior. Al paso que lleva, el Ojo de Dios abarcará todo el cielo en unos pocos días.
Papá y mamá vieron el video conmigo. Miramos a Joel, que luchaba débilmente por liberarse de sus amarres para salir de la casa. Tomé su celular y vi la foto que tomó antes de acabar así. Casi no había azul en el cielo, sólo los rojos y morados de las extrañas formaciones nubosas de antes, pero ahora mucho mayores y claras, parecidas al ojo de un huracán. La que antes era una estrella lejana en el centro ahora brillaba con la intensidad del Sol.
Papá me tiró el teléfono de las manos y lo pisó con saña. Mamá abrazó a Joel, suplicándole que la volteara a ver. Yo, en cambio, me alejé hasta la esquina de la habitación y lloré en silencio, con todo el peso de la culpa.
No tuve el coraje de decirles que por mi deseo el mundo se estaba yendo al carajo. No era lo que yo quería cuando le pedí al Ojo de Dios que terminara con esto. Sólo deseaba que las cosas volvieran a ser como antes… ¡Pero ahora estaban mucho peor!
Los siguientes días mamá se dedicó a cuidar a Joel, le hacía la plática y se esforzaba por darle de comer, aunque él no masticaba ni abría la boca. Le puso un popote en los labios, pero mi hermano no sorbió ni una gota. Le lavaba y cepillaba el cabello, como una niña que juega con un muñeco gigante.
Papá, por otro lado, se veía mucho más deprimido que cuando andaba en silla de ruedas: devastado, cansado, inmerso en sus pensamientos. Lo encontré una madrugada sentado en la cocina, con un café a medio hacer.
—Es lo último de café que nos queda —dijo, ofreciéndome un sorbo.
—¿Otra vez sin dormir?
—No creo que pueda volver a dormir después de lo de Joel.
—Yo tampoco, para ser honesta —contesté, bebiendo un poco de su taza.
—Tenías razón, creo. Esa cosa sólo vino a condenarnos.
Hubo un silencio incómodo, de ésos en los que la otra persona está tan inmersa en sus pensamientos que se le olvida que estaba acompañado.
—He estado pensando en algo —dijo por fin papá; volví a levantarme—. ¿Y si todos los que pidieron un deseo fueron quienes quedaron así?
—¿Qué quieres decir?
—Unos días antes de que Joel… ya sabes… Me dijo que deseaba ser una celebridad de internet. Era muy importante para él.
—No sabía que pidió ese deseo.
—Sí, lo hizo justo después de lo de mi pierna.
Era una suposición, pero tenía sentido, y mucho. Todo mundo consideraba al Ojo de Dios como una especie de salvador. Concedió milagros por doquier, y la mayoría de las personas que conocía le habían pedido algo. Si era verdad, significaba que tenía a la mayoría de la humanidad en deuda con él.
—Tú… ¿le pediste lo de tu pierna?
—Yo nunca fui creyente, pero desde que perdí mi pierna, tu mamá insistía en que rezara y tuviera fe. Una noche me resigné y pedí volver a caminar. A la mañana siguiente ocurrió el milagro.
—¿Eso quiere decir…?
Papá sonrió, pero no de alegría, más bien, como resignado a un destino inevitable.
—¿Ves por qué no puedo dormir? —dijo antes de beberse el último sorbo de café.
—Hay que preguntar a mamá si ella pidió algún milagro.
—Sí, lo hizo.
—¿Y qué fue?
No me contestó en un principio. Me miró como si fuera a decirme una mala noticia… y vaya que fue mala.
—Que tú desearas algo y creyeras en el Ojo.
No sabía si sentir coraje, culpa o tristeza. Mamá me había dicho lo lejana que se sentía de mí y vio al Ojo como una forma de unirnos. Me reí, pero con una risa nerviosa, entre las lágrimas y la ironía. De las lágrimas estallé en un llanto desesperado. Papá me acarició el cabello y se quedó conmigo hasta que me quedé dormida sobre la mesa. Cuando amaneció, tanto él como Joel desaparecieron. La puerta del patio estaba entreabierta.
Cada vez había más silencio. No se oía el rugir de los autos ni a los vecinos hablar. Los suministros se agotaban rápidamente, pero no nos atrevíamos a salir a buscar comida. La luz eléctrica iba y venía a cada rato; no tardaría en apagarse por completo. Deseaba tanto haberme equivocado y sólo ser la exagerada de la familia, la escéptica. Por lo menos así tendría a papá y a Joel.
Mientras más pasaba el tiempo, más me convencía de que la teoría de los milagros era verdad. Casi todos debieron pedir un deseo al Ojo de Dios, por lo que la humanidad estaba más que condenada. Y permanecer encerradas en casa no funcionaría por mucho tiempo. De pronto, me invadió una inexplicable ansiedad por salir a ver el ojo, como si me llamara a su lado o algo en mi interior me dijera que era inevitable. Muchas veces sorprendí a mamá asomándose discretamente por la ventana.
Por supuesto que cumplí mi promesa de no decirle nada. Intenté distraerla con la televisión. Pusimos una película, pero no la vimos… o, más bien, no le prestamos atención. Cada una estaba hundida en sus propios pensamientos.
—¿Y si sí es Dios? —pensó mamá en voz alta, como delirando.
—¿Qué estás diciendo?
—Papá y Joel se ven felices. ¿Ya te asomaste afuera? Están sonriendo porque sienten la gracia de Dios.
—¿Es en serio, mamá? ¿Quieres acabar así?
—¿Y si tu padre y Joel nos esperan?
—¡A esto me refería desde el principio!
Mamá sollozó. A veces olvidaba que yo podía ser muy dura con las personas. Ella era la más afectada, pues había perdido a su esposo y a su hijo en la misma semana.
—Perdón, no quise…
—Quiero salir con ellos.
No pude contener el llanto. No, no podía perderla también, no a ella. Mamá sonreía a medida que las lágrimas brotaban de sus ojos cansados y ojerosos.
—No digas eso.
—Quiero unirme a ellos y a Dios. Ven conmigo, ¿sí?
—¡No es Dios, mamá! ¿Cuándo lo vas a entender?
—Me está llamando desde hace días. No lo debemos ignorar.
Se levantó como si estuviera poseída. La tomé del brazo y quise detenerla, pero no paraba su marcha. Me atravesé en su camino para impedir que abriera la puerta corrediza al patio.
—¡Resiste! ¡Tienes que resistir! ¡Es una trampa, entiende!
Mamá no me escuchaba. De hecho, alzó la mirada como si hubiera algo encima de mí. No quise voltear atrás… pero algo me obligó. Era el Ojo de Dios, que a diferencia de antes ahora abarcaba el cielo completo. Dejé de oponerme y, sin darme cuenta, caminé hacia el patio junto a mamá.
Ella se adelantó. Había aceptado su destino mucho antes que yo, tanto que apenas alcancé a ver cómo tomaba la mano de Joel y de papá antes de alzar la vista. Aunque intenté regresar a la casa, las piernas no me respondían. Quise ver mis pies, pero mi cabeza ya se había inclinado hacia arriba. Era como quedarse dormida. Me temblaron los labios en una involuntaria sonrisa. ¿Qué caso tenía, si ya me había atrapado? Esperaba que en serio se tratase de Dios, estar equivocada… encontrarme con mi familia.
—¿Por qué lo hiciste? —alcancé a decir.
—Porque no soy Dios.
Fue lo último que escuché.
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