Por Arturo Cosme Valadez
El libro que hoy nos reúne reconoce precursores vastos y eminentes; ocuparé unos momentos en mencionar los más destacados. Conviene aclarar que me referiré a los textos en los que animales antropomorfizados conviven con seres humanos y hacen una sátira moral de sus conductas, dejando de lado aquellas obras donde los animales interactúan sólo entre ellos o cumplen otra función −como las Fábulas de Esopo, cuyo zoológico tiene intenciones moralizantes; las Metamorfosis, de Ovidio, en las que deidades y humanos se transforman en animales para cumplir castigos y realizar cometidos, a menudo sexuales; o Moby-Dick, de Herman Melville, novela en la que la ballena antagonista del capitán Ahab es un símbolo del inabarcable destino−.
En contraste, en El asno de oro, de Apuleyo −primera novela latina que conservamos completa−, el noble Lucio se transforma en burro por un error mágico y vive aventuras grotescas, eróticas y peligrosas, en las que su condición animal le permite ser testigo y víctima de las miserias de las clases bajas, reducidas como él a poco más que bestias de carga. Cada uno de tales pasajes muestra en tono humorístico la degradación, no únicamente del protagonista, sino de la sociedad que habita.
Quince siglos más tarde El coloquio de los perros −novela ejemplar de Miguel de Cervantes, registra el diálogo entre dos canes, Cipión y Berganza, sobre sus experiencias en distintos oficios y ambientes humanos, criticando la corrupción, la hipocresía y las injusticias sociales; se convierten así en lúcidos cronistas de la realidad decadente de la España del Siglo de Oro.
Más próxima a nosotros, geográfica y temporalmente, es la novela Quincas Borba, de Machado de Assis, escrita en 1891; es decir, estrictamente contemporánea de la versión original de Memorias de un perro escritas por su propia pata, cuyo autor, Juan Rafael Allende, publicó por entregas en 1893 en el periódico santiagueño El Poncio Pilatos. Hay notables paralelismos entre ambas novelas. En la del brasileño, un perro −llamado Quincas Borba− hereda el nombre y la filosofía delirante de su amo, el “humanitismo”. A través de una trama al tiempo amarga y divertida, satiriza la sociedad brasileña de finales del siglo xix y la cultura en boga, dominada por el positivismo. Menos intelectual y más crítica, la del chileno hace lo propio con las instituciones de su país, como enseguida veremos.
Antes de pasar a ello, juzgo oportuno hacer un par de apuntes sobre los antecedentes de la novela gráfica, ya que lo es la adaptación que hoy celebramos de Memorias de un perro. No menos que el componente literario, el plástico es esencial en esta nueva versión.
Desde la Edad Media encontramos −por ejemplo, en los códices Beato de Liébana y Libros de horas− la combinación de palabra e imagen, pero la ilustración era entonces decorativa y no poseía una narrativa autónoma. Los bestiarios medievales agregaron un nuevo elemento a la combinación: a las descripciones escritas de animales reales o fantásticos añadieron miniaturas que les daban visualidad.
La propagación de la imprenta en el Barroco permitió incluir grabados en los libros, con lo que obras como Gargantúa y Pantagruel y Don Quijote lograron consolidarse visualmente en el imaginario colectivo, lo que es mucho decir.
En el siglo xviii, se reforzó el papel de la imagen como instrumento pedagógico y complemento indispensable de la imaginación del lector, lo cual generó un verdadero auge de la novela ilustrada. Sin embargo, su época dorada fue el siglo xix, con la inclusión impresa de la litografía y el grabado en madera, que ampliaron las posibilidades gráficas y ayudaron a masificarlas. Piénsese por ejemplo en las novelas de Charles Dickens, publicadas en entregas con ilustraciones imprescindibles para la recepción popular. Otro tanto cabe decir de las obras de Victor Hugo, algunas de las cuales laminó él mismo, o de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, cuya impresión con los dibujos de John Tenniel es inseparable del texto. No es prudente omitir a Gustave Doré, ilustrador de La Divina Comedia, Don Quijote y Las aventuras de Barón de Münchhausen, que definió la iconografía de esas obras y muchas más.
El siglo xx prolongó esta tendencia: nadie ignora, por ejemplo, que las acuarelas de Antoine de Saint-Exupéry en El principito son parte esencial de la narración. Hacia finales del milenio, en 1992, Maus, de Art Spiegelman y Françoise Mouly, se convirtió en la primera obra del género reconocida con el Pulitzer; en ella se difumina la frontera entre novela ilustrada y cómic.
En el presente siglo ha tenido lugar un renacimiento de la novela ilustrada como objeto de arte editorial, producto de hibridaciones y nuevas tecnologías. Ejemplos de ello son la edición ilustrada de Cien años de soledad, de García Márquez; Austerlitz, novela de W. G. Sebald, donde integra fotografías; los libros digitales ilustrados, que permiten interactuar al lector con la obra a través de recursos como hipertexto, animación o realidad aumentada; y, desde luego, Memorias de un perro escritas por su propia pata, de Gonzalo Marín y Adrián Gouet, sobre el original de Juan Rafael Allende.
Me extendí en esbozar las obras precursoras de esta novela con una intención: mostrar que no se trata de una ocurrencia improvisada o de una puntada editorial, hoy demasiado frecuentes, sino de uno de esos libros que, según dice el autor del texto en el Prólogo a la edición mexicana, “parecen fantasmas y permanecen ocultos durante años, hasta que, como almas errantes, vuelven a manifestarse entre los vivos y regresan en nuevas formas”. Y en efecto, según hemos tenido oportunidad de ver, llegar hasta el libro que presento precisó −sin exagerar− el atropellado decurso de la literatura de Occidente.
Su argumento es relativamente simple: un perro callejero de prodigiosa inteligencia −originalmente llamado Rompecadenas− narra su accidentada vida, pasa por diferentes dueños y visita distintos ambientes, cada uno de los cuales encarna los cuestionables hábitos y debilidades de un grupo o conducta social. De este modo se ve sometido a crueldades infantiles en su primer hogar; al abuso sexual de una beata hipócrita; a las violencias de un soldado lisiado que, inevitablemente, “le hace llevar una vida de perros”; a la explotación de sus habilidades en un circo, donde se enamora por primera vez; al desprecio de las leyes humanas por la vida animal; a la engañosa rectitud de frailes lujuriosos; a la ingratitud de personas que aprovechan la lealtad perruna para comerciar con su carne y su piel, entre otros episodios.
En todos ellos la mirada ingenua y directa del protagonista desnuda las contradicciones, las miserias y la corrupción de la sociedad chilena decimonónica y de sus instituciones −la profunda desigualdad entre clases, la bota militar, la religión depravada, la degradación de los valores civiles, el envilecimiento que genera la pobreza, etcétera−. Lo importante es que no se queda allí, sino que está facturada de tal suerte que adquiere ecos universales.
¿Cómo logran esto los autores? Con una cuidada combinación de respeto al espíritu picaresco y satírico del original, un lenguaje actualizado que le inyecta fluidez al texto y un acompañamiento visual humorístico y crítico. La fusión texto-imagen en la obra consigue que las ilustraciones de Gouet dialoguen con la narración, añadiendo ironía y ritmo visual. No es cosa de poca monta: la literatura no se limita aquí a las palabras, sino que se expande interactuando con el elemento gráfico. Ello dilata su espacio de influencia al grado que admite guiños al arte universal. Por ejemplo, se pueden encontrar en las viñetas referencias a El dos de mayo, de Goya, a El columpio, de Fragonard, y a Luis xiv, de Rigaud, entre otras. Resultan agradecibles y divertidas tales estampas culturales, pero no vayamos a pensar que se trata sólo de humoradas. El trazo aparentemente simple de cada cuadro está pensado para contrarrestar con su ligereza una trama profundamente pesimista sobre la condición humana. Y lo logra, de modo que la lectura transcurre sin cansancio ni tropiezos.
No es menos afortunado el rescate textual de esta novela, pues si bien se pierde en la reescritura −según apunta el propio Gonzalo Marín− el lenguaje peculiar de su contexto histórico, la modernización de la prosa evita la opacidad de un castellano ya no del todo vigente.
La narración −desarrollada en primera persona, como cuadra a unas memorias− es a un tiempo irónica y directa, y combina lo ingenuo de la visión animal con lo mordaz de los juicios sobre lo humano. Ello supone −conjeturo, ya que no conozco el original de Allende− la poda minuciosa de las digresiones propias del costumbrismo del siglo xix. Destaco que no por ello pierde sabor el lenguaje coloquial, satírico, sostenido en un registro que oscila entre el realismo local y la modernidad. El tono picaresco, anticlerical, crítico de las instituciones, se apoya en el humor negro y en los juegos de palabras −como en el dicho del protagonista canino: “soy hijo de una gran perra”−.
En síntesis, la nueva edición de Memorias de un perro escritas por su propia pata no pretende sustituir a la de Allende, sino revivirla en clave ilustrada. Con ello gana en frescura, universalidad, vigencia crítica, poder visual y accesibilidad.
En conjunto, se trata de un rescate creativo, que convierte a un libro olvidado en un libro-híbrido −entre novela picaresca y novela gráfica−, capaz de dialogar con públicos contemporáneos sin perder el espíritu punzante de su origen. Por ello, recomiendo sin reservas su lectura.
Finalmente, agradezco a Comma Ediciones, y en particular a Alma Martínez, por invitarme a comentar esta obra y a celebrar el notable hallazgo editorial que representa.
Muchas gracias.
Arturo Cosme Valadez es licenciado en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México y tiene más de treinta años de experiencia como editor. Es autor del poemario Sin perturbar la hierba (Ediciones De Lirio, 2017). Obtuvo mención honorífica en el concurso Punto de Partida (UNAM, 1980). Ha publicado más de un centenar de artículos sobre temas artísticos, científicos, culturales y filosóficos en varias revistas de México (Expansión, Voices of Mexico, Natura, Época, To2, entre otras), y poesía en diversas revistas (La Otra, Mexicanísimo, Molino de letras, Ostraco, Diluvio de pájaros, entre otras). También en dos antologías poéticas: Nuestros poetas, de la Universidad Autónoma Metropolitana, y Poesía joven. Signos reunidos, de Faruvio Editores. Es autor de una decena de guiones cinematográficos, para televisión, radio y cómic; de una novela adaptada; y de artículos para diarios impresos y electrónicos.

