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Un verano en la Nueva York del oeste

Víctor Emilio Hernández

Hay ciudades que exigen un afilado sentido de la orientación. A Berlín, por ejemplo, su historia le ha hecho cambiar constantemente de rostro y, tras su turbulento pasado, no tiene un centro definido. Los barrios de Kreuzberg o Neukölln, donde se cristaliza la estética alternativa de la Berlín actual, fueron, hasta la caída del muro divisorio, lugares marginales donde se asentaban los migrantes turcos. Tampoco la gran Potsdamer Platz funciona como una referencia central del espacio urbano; en realidad, lo que hoy se advierte como el centro de Berlín, son las orillas de lo que alguna vez fueron dos ciudades distintas.

      También están esas urbes que crecen hasta convertirse en una suerte de amorfa concatenación de concreto. La Ciudad de México, donde crecí, es una de ellas. Sirve como referencia a las zonas que le circundan, aun cuando las fronteras son cada día más difusas, pero una vez dentro de sus calles no es difícil perderse. Esto no se debe a la ausencia de un centro, sino a un crecimiento desmedido y a la desaparición de referencias naturales dentro de la metrópoli, pues los cuerpos de agua que alguna vez la cruzaron terminaron secos o entubados.

      Seattle la conocí en un tiempo más breve que a Berlín, donde viví durante seis meses, en el invierno de 2022, y que visité previamente en el verano de 2018, cuando mi hermana estudió en la ciudad de Humboldt. Siguiendo sus pasos, dormí casi dos meses con los pies colgando de un pequeño sillón en su departamento de Interbay, donde dejé ir el verano y el bienestar lumbar.

      El tiempo que pasé en la Nueva York del oeste, como me gusta pensar a Seattle debido a su ubicación en la costa opuesta y a su relevancia para la región, me permitió explorar la ciudad a un ritmo semilento, en buena medida gracias al clima. En aquella ciudad, epítome de los días nublados, el verano decidió pisar fuerte. Exploré sus escondrijos en bicicleta y con el sol pintado en la frente, por las zonas residenciales de Queen Anne y Magnolia al barrio chino, cruzando por el Waterfront, donde las gaviotas observan el vaivén de gente.

      Para alguien que creció en una ciudad sin un río que le dé rostro, que la defina y sirva de referencia, como señala Fabio Morábito, lugares como éste resultan una extrañeza. No es concebible que esté rodeado y ordenado por tanta agua. México-Tenochtitlan, construida originalmente sobre un lago, ruega hoy por un nimio charco. La molestia es, pues, una especie de nostalgia apocalíptica. A la Ciudad de México le falta agua en sus aguas, aire en sus aires.

      La forma en que Seattle se constituye es ya una muestra de orden insultante (léase como chilango). Rechaza la sentencia con la que comienza este texto; para orientarse en ella no hace falta el sentido. Las calles numeradas permiten al viajero caminar sin riesgo de extraviarse y visitar los puntos más relevantes del centro. No hablamos de un pueblo, como mi hermana la ha llamado tras habitarla durante años, pero basta observar una vez el mapa para comprender su distribución.

      Como toda ciudad portuaria, el rostro de Seattle está definido por el contorno acuático, y para observarlo a plenitud, nada mejor que desde las alturas. Gracias al trabajo de mi hermana, pudimos ascender a donde ningún turista llega fácilmente: el último piso del 1201 Third Avenue, rascacielos corporativo que brinda un panorama casi total del horizonte urbano contenido por el agua, donde se encuentra la oficina de sus jefes. Con 235 metros, el edificio es mucho más alto que el primer rascacielos fuera de Nueva York, como la centenaria Smith Tower, desde el que se podía ver China, de acuerdo con un mito popular.

      Desde la cara norte del mirador se observa una silueta inconfundible. El Space Needle se erige fuera del tumulto de edificios apretujados, clásico de las ciudades estadounidenses, y parece tener un cielo propio, exclusivo, muy distinto al del resto, solamente rodeado por los aires del Pacífico. Como la Torre Eiffel en París, la estructura se construyó con motivo de la Exposición Universal, pero en su edición de 1962. Se pensó por aquellos años que la gran ciudad del Pacific Northwest se convertiría en la urbe del futuro. La serie de Los Supersónicos, aún viva en la memoria de mi generación, retrata lo que ciudades como ésta han sido ante los ojos de los otros, de nosotros, Los Picapiedra.

      Eternos testigos de una ciudad cambiante, la bahía de Elliott, las montañas Olímpicas y el volcán Mount Rainier, todos visibles desde la altura, avistan lo que sucede a diario en las calles de esta urbe: la pugna constante entre la opulencia del distrito tecnológico construido por Amazon, en cuyas tiendas ya no trabajan humanos sino máquinas, y las decenas de personas que duermen en casas de campaña sobre la calle. Todo en el contexto de una gran crisis de adicciones.

      Corroboré este conflicto en las salas del museo de arte de la ciudad, donde observé la pintura Day into Night, de Blanche Morgan, incluida en la exposición curada por Inye Wokoma, artista local quien así recordaba una ciudad perdida: “Esta pintura me transporta al Seattle de mi infancia. Pienso en lo que se sentía vivir en ese momento de tensión histórica. Cuando el centro estaba pasando de ser un barrio obrero a convertirse en un centro financiero y turístico. […] Si somos sinceros, Seattle sigue viviendo hoy en una encrucijada. Las tensiones actuales se dan entre los homeless y la élite del mundo digital. En el pasado, eran los trabajadores pobres y la élite industrial, los primeros colonos frente a los habitantes nativos. La historia de Seattle parece surgir de una batalla entre los recién llegados y los desplazados. La vieja historia de Seattle es la nueva historia de Seattle”.

      La visión de Wokoma sobre los cambios en su ciudad carece de nostalgia; se trata, en realidad, de una severa crítica al presente. Pioneer Square, corazón histórico de la ciudad, que se alzó por completo después del incendio de 1889, hoy no es más que un barrio con cafés de especialidad próximo al estadio de futbol americano.

      Y es que el rostro de Seattle también ha sido construido y reconstruido, y a pesar del paso del tiempo, todavía es una pequeña ciudad sin autos voladores. Esta brevedad no la vuelve sencilla… nada más lejano. Lo cierto es que, si bien carece del carácter laberíntico de Berlín o México, lo que sucede en sus calles invita a recorrerlas y, con suerte, a volver.

Víctor Emilio Hernández nació en noviembre de 1998 a orillas de la capital, justo en la frontera con el Estado de México. Es licenciado en Comunicación por la Universidad Nacional Autónoma de México y actualmente es becario del posgrado de Andalucía “Federico García Lorca” para realizar un máster en Estudios Americanos en la Universidad de Sevilla en España. Algunas de sus aficiones son el cine y la literatura.